Dos veces tentada @zoraidarosecristal
No puedes escapar de mí

No puedes escapar de mí

Busqué en los cuerpos de los yokais. Hannibal tenía el único teléfono móvil, e incluso éste había sido cortado a la mitad con el resto de la parte superior de su cuerpo. Así que gasté varios minutos inútilmente tratando de usar el sistema de comunicación del bote, pero lo sobrecargue cuando maté al yokai que se desplomó sobre él. Incluso si un 1-900-YOKAI existiera, no tenía manera de contactarlos. No veía luces de botes cercanos tampoco, ni alguno hacia el que pudiera dirigirme. El motor estaba frito al igual que el sistema de comunicaciones. Quería gritar de pura frustración. ¡Tenía que haber algo que pudiera hacer! Entonces mi frustración comenzó a desvanecerse mientras la lógica se hizo cargo.

Podía esperar hasta que eventualmente fuéramos a la deriva o en camino de otro bote, pero eso podría ser demasiado tarde para los demás. Pero había un yokai que podía buscar sin la ayuda de la tecnología, y a pesar de todas las razones del por qué no quería hacerlo, a menos que estuviera dispuesta a permitir que Maximus enloqueciera y los demás humanos murieran, no tenía otra alternativa. Me senté en una parte de la plataforma que no estuviera llena de partes de cuerpos. Con la fresca brisa golpeando mi cabello, mantuve mi mano derecha sobre mi piel hasta que encontré una pista de una esencia familiar y la seguí. A los pocos segundos, la plataforma desapareció y me encontré mirando hacia el estacionamiento del Motel 6 en la curva sur.

Luces provenientes de tres carros de policía arrojando flashes rojos y azules desde las ruinas del exterior de mi antiguo cuarto de hotel. La mayoría de las ventanas estaban destrozadas y las paredes exteriores estaban picadas de agujeros de balas. Con todos los disparos, el interior debería lucir como queso suizo, también. Entonces noté a la figura de cabello plateado en la esquina del estacionamiento, ladrando furiosamente en su teléfono en rumano. Verlo a él en lugar de mi secuestrador no presagiaba algo bueno, pero si fracasaba con Maximus y esa pobre gente al no tomar esta oportunidad, no podría vivir con eso.

- Cuelga, Sesshomaru. Necesitamos hablar. - dije. Conmoción paso por su rostro.

- Rin. ¿Dónde...? - Él se giró como si tratara de localizar mi ubicación, colgando sin decir otra palabra.

- ¿Estas admirando la obra de tu lacayo? - lo corté, yendo a la defensiva.

- Si es así, debes estar orgulloso. Hannibal disparo en este lugar con una completa indiferencia hacia las vidas de las personas inocentes, todo para hacer que Maximus estuviera los suficientemente lleno de plata liquida para que no fuera capaz de moverse. - Fuego emano de sus manos.

- No tengo nada que ver con esto, así que dime dónde estás. Ahora. - Él podía estar tratando de encontrar mi ubicación en caso de que se hubiera dado cuenta de que me había liberado, pero como le dije a Maximus, si Sesshomaru quería matarme, esperaba que fuera un poco menos cobarde sobre eso.

- ¿Entonces por qué estás aquí? Apaga tus manos, los policías están en todo el lugar. - Yo seguía preguntando sobre la cuestión más obvia, aún.

- Tú. Que está mal con tus manos... - Para puntualizar mi punto, un oficial de policía se acercó, mirando a Sesshomaru de una manera sospechosa que ninguna persona en su sano juicio haría.

- Cierra la boca y vete. Estoy aquí porque rastreé el teléfono de Maximus hacia esta área, pero no estoy detrás de este ataque.- dijo Sesshomaru con un destello de su mirada, aunque apagó las llamas. El oficial se dio la vuelta de regreso al hotel y Sesshomaru continuó como si no hubiera sido interrumpido.

- Entones tenemos otro problema, porque el yokai que me raptó sabía cosas sobre mis habilidades que solo tú y unos pocos de tus guardias sabían. – murmure con fastidio, solo esto me faltaba.

- ¿Oh? - Los rasgos de Sesshomaru se endurecieron como diamantes.

- Primero lo primero. No estás sorprendido de que este viva, así que en realidad hice conexión contigo en mis sueños, ¿no es así? - Sus manos no se encendieron de nuevo, pero brevemente se volvieron naranjas, como si el fuego tratara de liberarse solo pero él lo retuviera.

- Sí. Quizás no necesitas tocar nada físicamente para conectarte conmigo porque hemos compartido la sangre del otro, quizás porque tus poderes son más grandes que lo que te imaginas. De cualquier manera, tus "sueños" eran reales. - Suspiré. En el fondo, siempre supe eso, aunque desesperadamente quería negarlo. Claro, eso significaba que tenía un negocio que resolver primero.

- Prométeme que no matarás a Maximus y te diré que es lo que sé sobre mi ubicación. - Sesshomaru gruñó algo en rumano. No pude traducirlo, pero reconocí varias maldiciones.

- No tenemos tiempo para juegos - finalizó él.

- Lo sé - disparé de vuelta.

- Tengo a varios humanos que necesitan atención médica y un yokai enloqueciendo por veneno de plata, pero dijiste que ibas a matar a Maximus. Así que a menos que jures ante las tumbas de tu padre y tu hijo que no lo harás, no te daré mi ubicación. Oh, y no podrás torturarlo, tampoco - agregué, recordando el modo ambiguo en que él había guardado la promesa de no matar a Jaken.

Los ojos de Sesshomaru cambiaron de dorado a rojo, brillando con tanta vehemencia que me encontré a mí misma pensando en que si lo dragones fueran reales, tendrían ojos iguales a los suyos. Mi siguiente pensamiento fue que había sido engañada, porque entonces sonrió de esa letalmente agradable manera que había visto justo antes de que quemara a alguien hasta convertirlo en cenizas.

- En la tumbas de mi padre y mi hijo, yo, Sesshomaru Dracul, juro no torturar o matar a Rossal de Payen, al hombre que conoces como Maximus. - Él se detuvo un momento como si estuviera dejando que captara las palabras.

- Vamos, Rin. ¿Dónde estás? - Sesshomaru era infame por su honestidad, incluso esa sonrisa me hacía sentir como si estuviera pasando por alto algo.

- Estoy en un bote, y desde que no estuve inconsciente mucho tiempo tenemos que estar en el lago Michigan... - Aunque, había hecho lo mejor que podía, y Sesshomaru era la única oportunidad que Maximus y esos humanos tenían.

El sol se había levantado hacía tres horas, pero aún no había visto otro bote. De alguna manera, eso era bueno. No podría explicar el desastre en la cubierta a la guardia costera, y eso significaba que el jefe de Hannibal no había descubierto que su "paquete" había matado a sus mensajeros. Estaba debajo de la cubierta, alternando entre vigilar a Maximus e ir a hacer lo que pudiera por las victimas desangradas. Eso no consistía en mucho más que dejar caer las cobijas, un canal de vendas y fabricar curas, y vasos de agua para las personas conscientes. Consideré cortar a Maximus para darles algo de su sangre, pero la última vez que me acerqué, solo un rápido salto lo detuvo de morder un pedazo de mi pierna. O el dolor lo hacía retorcerse instintivamente, o la locura había comenzado.

Me encontré rezando a cualquier persona que pudiera escuchar que la ayuda no llegara demasiado tarde. Estaba en mi camino de vuelta de la bodega de carga cuando, de repente, no pude moverme. Era como si un invisible, solido puño me apretara de la cabeza a los dedos de los pies, sacándome el aliento tan pronto me congelé en mi lugar. Pánico gritó en mi mente, pero no podía sacudirme o sacar un aliento. Incluso se sentía como si la corriente en mi interior se detuviera en seco. Un zumbido empezó a sonar en mis oídos, volviéndose más ruidoso mientras los segundos se hacían más largos. Entonces, tan abruptamente como había venido, esa sensación de restricción se desvaneció. Caí hacia adelante, tomando enormes tragos de aire. Tuve que parpadear repetidamente para ahuyentar las lágrimas y los puntos negros en mi visión. Una vez que pude ver claramente de nuevo, miré hacia arriba... y me congelé por una razón diferente esta vez.

Sesshomaru se acercaba a mí, el cabello plateado enredado salvajemente, su mandíbula incipiente le daba a sus rasgos una mezcla de ferocidad y triunfo. Sus pantalones y camisa estaban empapados, su color azul claro haciendo que casi se pudiera ver a través de ellos. Parpadeé, preguntándome si no había caído en el borde de la inconciencia sin darme cuenta. Una débil sonrisa atravesó su boca.

- Soy real, Rin. ¿Lo ves? - Agarró mis brazos y me levantó.

Mis piernas temblaron pero resistieron, y con desiguales trozos de goma que seguían colgando de mis manos, toqué sus muñecas desnudas. El calor me quemó la piel en el mismo instante que la corriente crepitaba en su interior. Oh sí, era definitivamente real. De todos los pensamientos que cruzaron mi mente en ese instante, luce aún mejor de lo que recordaba era lo último que quería que Sesshomaru oyera. Eso no importaba. Su sonrisa creciente me dijo que lo había hecho. Lo deje ir, centrándome en un tema más importante.

- ¿Qué está pasando? No puedo moverme. – gruñí.

- Inuno está conmigo - dijo, como si eso explicara todo.

- ¿Y? - Mi frente se levantó.

- Ven. - Él dejo caer una mano pero apretó la otra. Seguí a Sesshomaru por las estrechas escaleras. Una vez en la parte superior, vi al yokai egipcio, también empapado, inspeccionando los restos de mis secuestradores con admiración. Entonces Inuno se giró, protegiéndose los ojos contra el brillo, del sol de mediodía.

- Mis disculpas por usar mis poderes contigo, Rin. Pensábamos que era necesario inmovilizar al bote entero en caso de que uno de tus captores hubiera sobrevivido. - ¿Piensas que no me hubiera dado cuenta si alguien más hubiera tratado de matarme?, pensé cansadamente.

- Uno podría haber saltado sobre la cubierta y esperado a cogerte de improviso. - replicó Inuno, recordándome que Sesshomaru no era el único lector de mentes en el bote―. Ese es el por qué nosotros nadamos los pocos últimos kilómetros. Nos notarían menos si estamos debajo del agua.

- ¿Así que tú eres la razón para que me sienta como si estuviera recubierta de carbón invisible? - El yokai se encogió de hombros.

- Puedo controlar cosas con mi mente - dijo, su tono implicando que eso no era gran cosa. Con esa increíble habilidad, Sesshomaru debería tomar a Inuno para cada misión de rescate. En todos sus ataques, también. Un gruñido me hizo mirar hacia arriba. La expresión de Sesshomaru era cerrada, recordándome que esta no era una reunión feliz.

- Gracias a ambos por venir. La gente herida está en los almacenes de carga y Maximus está en una de las habitaciones de abajo. - dije, mi voz tornándose formal.

- Lo sé. Puedo olerlo. - Otro ominoso sonido vino de Sesshomaru.

- Los humanos necesitan sangre para curarse. Y Maximus necesita sacar esa plata de su interior. Ha estado mostrando señales de... inestabilidad mental. - dije, ignorando eso.

Con eso, me dirigí escaleras abajo, Asegurándome de cantar todo lo que me viniera a la mente. Permanecer cerca de Sesshomaru era mucho más duro que verlo en un sueño. Todos los sentimientos que había tratado de suprimir salieron a la superficie con despiadada intensidad, y eso era sólo cómo afectaba mi corazón. Mis manos seguían hormigueando de su breve contacto con su piel, y si sus ropas mojadas moldearan más explícitamente su cuerpo, pronto olería como a colonia de ramera para cualquier yokai que estuviera a corta distancia.

Él se ira pronto, me consolé. Entonces podría esconder de vuelta esas emociones traicioneras para centrarme en la caza del asesino de Jaken. Hannibal dijo que no sabía quién lo había contratado, pero una búsqueda en sus recuerdos a través de sus huesos me mostraría si había mentido. Entré en la habitación donde estaba Maximus sin pensar en eso. Él estaba exactamente como había estado antes, pero con una marcada diferencia. Sus ojos estaban abiertos, plata manchándolos como espantosas venas, y estos estaban fijos en un punto sobre mi hombro. Me giré. Sesshomaru estaba en la puerta detrás de mí.

Él miró fijamente abajo hacia Maximus, su rostro fríamente inexpresivo. Entonces, casi casualmente, sacó un cuchillo. Los ojos de Maximus revolotearon cerrados, fuera por resignación o insensibilidad. Sin mi necesidad de concentración, un látigo de electricidad se disparó de mi mano.

- ¡Me lo prometiste! - Sesshomaru hecho una mirada al brillo en mi mano y sus ojos se tornaron rojos.

- ¿Me estás amenazando? - Su voz rebosaba delicadeza y amenaza. Mi instinto era una mezcla de miedo y resolución. Él podía quemarme hasta la muerte antes de que yo sacara mi látigo, pero no iba a echarme atrás.

- Lo estoy si vas a romper tu palabra. - Mi muñeca estaba repentinamente sujetada por un agarre de hierro.

Cualquier otro yokai podría haber sido golpeado hacia atrás por haber tocado mi mano derecha cuando estaba completamente cargada, pero Sesshomaru absorbió el voltaje como si no fuera nada más que energía estática. Entonces la soltó, cepillando mí cabello hacia atrás con su mano libre. La que estaba sosteniendo el cuchillo.

- Te lo dije antes, no me gusta que me llamen mentiroso. Pero más importante, si decido retractarme, no serías capaz de detenerme. - El aliento de sus palabras se sentía como soplos contra mi cuello.

Cegadoramente rápido, él estaba arrodillado frente a Maximus, cortando a través de ese alambre cortante con eficiencia brutal. El cordón de electricidad que había convocado se dobló a sí mismo antes de desparecer en el interior de mi mano como una tortuga buscando refugio en su caparazón. No, él probó que no podría detenerlo aun si su piroquinesis no estaba en la ecuación. Al momento, me sentí igual que lo que era: una mujer que estaba en camino de perder la cordura con criaturas a su alrededor. Todo en una sola vez, la soledad me agobió. No pertenecía al mundo yokai, pero gracias a mis propias rarezas, no cabía en el mundo humano, tampoco.

Me giré sobre mis talones, y me fui de la habitación. No podía hacer nada sobre el ser una paria en cada sociedad que existía, pero como mínimo podía dejarles saber a los aterrorizados sobrevivientes que la ayuda había llegado al fin. Inuno y Sesshomaru permanecían muy juntos, hablando en voz demasiada baja para poder oírlos. Aun así, se detuvieron tan pronto como regresé a cubierta. El cansancio me ayudó a contener un resoplido. Ni siquiera intentaban ser sutiles, ¿no?

- Mi socio estará aquí dentro de poco para transportarnos – dijo Inuno. Bien. Había ido a comprobar a Maximus otra vez, ya que se veía en peores condiciones que los humanos, que ya era decir algo.

- Solo déjame en cualquier lugar después de que te ocupes de ellos – dije echando una mirada intencionada a los cadáveres. No me habían importado antes mientras buscaba un celular, pero algunos llevaban dinero. Lo necesitaría para continuar mi caza de la mujer yokai.

- Robarles no será necesario. Vienes conmigo. - La incredulidad me hizo levantar la cabeza bruscamente. Sesshomaru me dedicó una sonrisa a la vez encantadora y desafiante. Su expresión casi me retaba a discutir. Acepté ese desafío.

- No voy a ir contigo porque mis problemas ya no te conciernen. Así que gracias por la suposición arrogante, pero no gracias. – El hielo era más cálido que mi tono.

- Sí que me concierne. Si no hago nada, después de que alguien intenta explotar y secuestrar a mi antiguo amor, mis enemigos pensarán que soy débil y atacarán a más de los míos. - respondió, su tono frío tan amable como el mío.

- No soy uno de los tuyos y no necesito tu protección. Todos los cuerpos en este barco lo atestiguan. - La encantadora sonrisa de Sesshomaru nunca decayó. Me puse rígida, recordando que nunca era tan peligroso como cuando sonreía.

- Como quieras. Sus latidos son débiles y podrían no vivir lo suficiente para llegar al hospital. Qué pena. - Miró hacia la puerta que conducía a la bodega de carga.

- Prometiste sanarlos. - Mis puños se cerraron, única señal de la furia que me recorría.

- Nop. Me hiciste jurar no matar ni torturar a Maximus, pero nunca negociaste por ellos. Dejarlos en un hospital es gratis, pero mi sangre viene con un precio. - respondió al instante.

No había pensado negociar por ellos. Sesshomaru, normalmente, no necesitaría ser sobornado para ayudar a víctimas inocentes. Sin embargo, por su expresión, no haría otra cosa más que llevarlos a un hospital si no lo acompañaba, y eso podría no ser suficiente. Solo la sangre de yokai podría garantizar su supervivencia. Miré a Inuno, pero el otro yokai parecía estar fascinado viendo las olas romper contra el barco. ¿En serio?, pensé con disgusto. Su encogimiento de hombros fue mi respuesta. No obtendría ninguna

Ayuda de su parte tampoco. Una vez más, me encontré maldiciendo las limitaciones de mi humanidad. Sesshomaru me tenía acorralada y ambos lo sabíamos.

- Sánalos y asegúrate de que están a salvo, e iré contigo - decidí, la mandíbula tan tensa que apenas podía hablar. Sus dientes brillaron, era algo demasiado salvaje para ser llamado sonrisa.

- Sabia elección. - Probablemente no, pero si no quería matar a esa gente yo misma, no tenía otra opción.

Ya en el helicóptero miré el barco. Estábamos a suficiente altura para que el agua agitada por los rotores ya no fuera blanca. Sesshomaru se sentó adelante con Inuno, pero yo estaba en la parte trasera con los humanos, tratando de convencerlos de que no lloraran más, que estos yokais no se los comerían. Mis intentos de consuelo fueron interrumpidos cuando una misteriosa luz azul impregnó todo el barco. Durante unos segundos no supe lo que era. Entonces un destello de color centró mi atención en Sesshomaru. Estaba sentado como si estuviera completamente relajado, con una media sonrisa en la boca, pero sus manos estaban en llamas.

Mi mirada voló de regreso al barco. Ahora sabía lo que era esa luz azul. Fuego. Sesshomaru no modificó su posición relajada, incluso cuando el barco explotó con un ¡boom! espectacular que sacudió al helicóptero y llenó el lago de escombros ardiendo.

- Ya nos podemos ir - dijo al piloto, un yokai rubio y musculoso al que Inuno se había dirigido como Gorgon.

Cerré la boca con un audible click. Sesshomaru no había preparado el barco con explosivos. Lo había destruido con su poder y aunque le había visto quemar gente hasta la muerte, no había conocido el alcance total de sus habilidades. Puesto que acababa de encender una embarcación de doce metros como si fuera una vela romana, supongo que debería sentirme halagada de que no se riera cuando lo amenacé antes. La explosión del barco fue tan devastadora como la de una bomba de gas.

- Mierda - estallé cuando algo se me ocurrió.

- No recogimos ningún hueso de esos yokais. - También había perdido, carbonizada, la parte del cuerpo de Adrián. No es que Hannibal lo hubiera traído con nosotros, incluso si se lo hubiera pedido. Los secuestradores eran notoriamente poco cooperativos.

- Contrataron mercenarios; dudo que sus huesos contengan nada útil - dijo Sesshomaru. No me pidió que le explicase el contexto tras mi pensamiento sobre Adrián. Debía de haber descubierto por qué Maximus y yo habíamos ido acarreando por ahí un trozo de cuerpo.

- Exploté el barco para ocultar la evidencia de lo que hiciste y para enviar un mensaje al hombre que contrató a Hannibal. Ahora tendrá que vérselas conmigo. O la mujer – añadió reflexivamente. Debió haber leído mis pensamientos también. Entonces Maximus dejó escapar un largo gemido, llamando mi atención.

- ¿Por qué no has empezado a sacar la plata? - La sonrisa de Sesshomaru se mantuvo, pero se endurecieron sus rasgos.

- Va a requerir cortes amplios. Si lo hago, entonces seré culpable de torturarlo. Gorgon conduce el helicóptero y aunque Inuno podría sujetarlo, no tienes la experiencia para extraerla correctamente. - Tragué saliva. Por mucho que odiara la idea de que Maximus siguiera sufriendo, no quería liberar a Sesshomaru de su promesa de no torturarlo. Tocaba esperar, entonces.

- ¿A dónde vamos? - Por favor no digas que de regreso a tu castillo, por favor no digas que de regreso a tu castillo...

- Está bien - destellos rubí surgieron en los ojos de dorado bruñido.

- No lo diré. - Por segunda vez en diez minutos, la palabra mierda escapó de mi boca. Sesshomaru solo se rió, el sonido era tan atractivo y despiadado como el hombre mismo.

Inuno y su mujer, Kira, vivían cerca de Chicago, lo que explicaba la rapidez con la que se había unido a Sesshomaru. Nos detuvimos en su casa primero, lo cual fue un alivio por varias razones. Primero, varios miembros del personal de Inuno se pusieron inmediatamente a trabajar con Maximus. Segundo, pude ducharme y cambiarme el traje de neopreno, demasiado grande, con el que Hannibal me había vestido. Kira, amablemente me prestó uno de sus modelitos y, a juzgar por el lujo de su casa, no tendría ninguna prisa en que se lo devolviera.

Apenas había acabado de vestirme cuando ya era hora de irse. Gorgon nos llevó volando a Sesshomaru y a mí a un aeropuerto privado cercano donde el jet de Sesshomaru estaba repostado y esperando. Maximus... bueno, Sesshomaru mantenía su palabra, pero obviamente no lo había perdonado. Ni siquiera tuve la oportunidad de decirle adiós, insistiendo en que solo empeoraría las cosas. No tenía intención de provocar esa brecha entre ellos, pero aun así lo había hecho. Fue solo cuando nos embarcamos en el elegante avión de Sesshomaru que fui completamente consciente de mis circunstancias.

Por segunda vez en mi vida, estaba siendo empujada a la casa de Sesshomaru porque un desconocido estaba tratando de utilizarme o matarme, en el orden que resultara más oportuno. Y Sesshomaru solamente me protegía pensando en su propio interés. Habla de déja vu. Cuando se sentó y me tendió la mano como había hecho en mi primer viaje a Romania, algo dentro de mí se rompió.

- No. – me cruce de brazos.

- ¿Preferirías derribar el avión si accidentalmente cortocircuitas el sistema eléctrico? No seas infantil, sabes qué es esto o guantes, que no tenemos. - Sus cejas se elevaron.

- No me importa. - Para mi horror, los ojos se me llenaron de lágrimas, había agotado todas mis fuerzas liberándome y matando a mis captores, así que ya no me quedaban más para luchar contra ellas.

- En el pasado mes, he sido rechazada, bombardeada, disparada, drogada y secuestrada, pero preferiría pasar por todo eso otra vez que sostener tu mano cuando actúas como... como si todo lo que pasó entre nosotros no importara. - Mi voz se quebró.

- Tal vez a ti no te pase, pero duele, incluso estar cerca. No puedo pretender que tocarte no será mil veces peor. - Mientras limpiaba esas lágrimas traicioneras, me preparé para su burla. O para otra amonestación fría y práctica acerca de que mi condición necesitaba esta acción, pero Sesshomaru no dijo nada. Me miró fijamente, su expresión cambió poco a poco de un cínico desapego a una fijeza casi patológica.

- No quiero tocarte tampoco. - Las palabras me golpearon como una bofetada, pero antes de que pudiera responder, añadió:

- Nadie se siente como tú, así que cada roce de tu piel es un cruel recordatorio de lo que he perdido. Apenas puedo soportar mirarte, porque eres más bella de lo que me he permitido recordar, y cuando le quité ese alambre a Maximus y te olí en él, quería matarlo, más de lo que he querido matar a nadie en mi vida, aunque no pudiera, por la promesa que te hice. - Su voz se espesó.

- Ahora siéntate y toma mi mano, Rin. Los pilotos están esperando mi orden para irnos. - Lágrimas lentas continuaban deslizándose por mis mejillas, pero por una razón diferente esta vez.

- Te importa. - Las palabras fueron susurradas con una especie de desesperada maravilla. No estaba dispuesto a revocar su voto de no amar, sin duda, pero estaba equivocada sobre la apatía que pensaba que sentía. Que él admitiera todo lo anterior era bastante sorprendente; el hecho de que lo hubiera hecho al alcance del oído de sus pilotos era nada menos que asombroso.

- No te preocupes. Tengo la intención de matarlos tan pronto como aterricemos. - gruñó Sesshomaru.

- No, no lo harás. - Me eché a reír, algo que no hubiera creído posible cinco minutos antes.

- Lo haré si repiten algo de esto. - Eso sí me lo creía y aunque sabía muy bien todas las razones por las que debería huir de este hombre letal, arrogante y enloquecedoramente complejo, me senté y tomé su mano.

Podía fingir que no tenía opción, pero sería mentira. Él podía enviar a uno de los pilotos a conseguir guantes. Demonios, podría haber enviado a alguien a hacer eso cuando estábamos en casa de Inuno. Ya puestos, yo podría haber traído el traje de goma que mis secuestradores me habían hecho llevar; no es como si las complicaciones de volar fueran una sorpresa para mí. Pero ninguno de nosotros había hecho esas cosas. En el fondo, los dos deseábamos esto, sin importar lo mucho que doliera. Su mano se apretó contra la mía y las corrientes saltaron hacia él como si también lo hubieran echado de menos. Encontré su mirada y algo estalló entre nosotros, no tangible como la electricidad corriendo de mi carne a la suya, pero igual de real. Apenas me di cuenta cuando ordenó a los pilotos despegar y el ruido de los motores no se podía comparar con los latidos de mi corazón cuando apartó mi cabello hacia atrás para acariciarme el rostro.

- Nunca deberías haberme dejado. - Extendí la mano también, trazando una línea por encima de la barba, en la mandíbula, antes de pasar a la suavidad de su mejilla.

- No deberías haberme obligado a hacerlo. - Sus labios se curvaron en algo que no era del todo una sonrisa.

- Realmente no quieres que te quiera, Rin. – afirmo ta seguro como siempre.

- ¿Es eso lo que te dices a ti mismo? - le dije mientras dejaba escapar una suave burla.

- Es lo que sé - dijo, un toque de ira tiñó su tono.

- ¿Recuerdas el sueño que seguía teniendo? - susurré.

- ¿El de la cascada de fuego? Finalmente me di cuenta de qué voz me seguía advirtiendo que me fuera. Era la mía y tú, eras el fuego que no podía aferrar sin importar lo mucho que lo intentara. Es por eso que me fui Sesshomaru. Si me hubiera quedado, tu negativa a considerar siquiera la posibilidad de amarme habría terminado por destruirme. - Puse un dedo sobre sus labios cuando tomó aire para responder y cerré los ojos.

- No quiero discutir. En este momento, quiero hacer lo que intenté hacer cuando soñé que estaba en este avión hace unos días. - Apoyé la cabeza en el hueco de su hombro, colocando mi otro brazo sobre su pecho. Se puso rígido, pero no hizo ningún movimiento para alejarme.

- ¿Esto es lo que intentabas hacer cuando viniste a mí esa noche? – Su voz era áspera.

Asentí, preguntándome si estaba enfadado. Es cierto que era una violación de su espacio personal y Sesshomaru era quisquilloso acerca de que la gente lo tocara, pero en mi defensa, pensé que estaba soñando... Su brazo libre se deslizó a mí alrededor y la rigidez dejó su cuerpo. Entonces algo rozó la parte superior de mi cabeza, demasiado brevemente para decir si era su barbilla o sus labios. En algún lugar muy dentro de mí, ese retorcido nudo lleno de dolor empezó a aflojarse. Y de repente, deseé que el vuelo a Romania durara más de doce horas.

O bien los fármacos que me inyectó Hannibal eran de larga duración, o no me había dado cuenta de lo agotada que estaba. Fuera lo que fuese, terminé durmiendo casi todo el vuelo. Cuando me desperté, Sesshomaru había vuelto a su distanciamiento de costumbre. Mejor, me dije. Nada había cambiado realmente, excepto la certeza de que no era la única molesta por nuestra separación. Un pobre consuelo para mi orgullo y de ninguna utilidad para mi aún herido corazón. Pasamos las últimas dos horas en tenso silencio. Una vez que aterrizamos y nos trasladamos a un coche, no podía esperar a llegar a su casa para poder poner algo de distancia entre nosotros.

Por supuesto al igual que con todos mis deseos, en vez de la cereza, obtuve una bomba fétida. Había visto su casa muchas veces, pero cuando llegamos y nos bajamos, la vista me cortó la respiración de nuevo. Cuatro pisos de reluciente piedra blanca y gris se elevaban por encima de mí, viéndose aún más imponentes por las torres triangulares que se elevaban desde cada esquina. Tallas ornamentales adornaban cada pilar, balcón y ventana al exterior y gárgolas de piedra vigilaban en lo alto de las torres. La limusina podría caber a través de los doce metros de altura de la casa y los cinco metros de ancho de las puertas, con dragones en las aldabas de aspecto antiguo que no eran necesarias. Tan pronto como nuestro vehículo se detuvo, las puertas se abrieron y permanecieron abiertas, apareciendo un guardia a cada lado.

Estaba admirando lo rojo que se habían puesto todos los árboles cuando una chica pequeña con el cabello negro largo hasta los hombros se acercó desde la entrada.

- Gretchen - dije sorprendida, encantada de ver a mi hermana.

- ¿Qué estás haciendo...? - Mi pregunta fue interrumpida por una sonora bofetada. Aturdida, la miré boquiabierta mientras acunaba mi mejilla.

- ¡¿Cómo pudiste?! - gritó.

- ¡Nos dejaste pensar que estabas muerta! Papá y yo estábamos planeando tu jodido funeral cuando él - hizo un movimiento brusco hacia Sesshomaru.

- Se presentó para decir que estabas viva y teníamos que volver aquí por nuestra propia seguridad. ¡Entonces no llamas ni una vez y nadie nos dice nada hasta hace diez minutos cuando dicen que vas a llegar pronto! – siguió gritando.

- ¿Papá está aquí también? - ´pregunte mirando sobre su hombro.

- Sí, estoy aquí - dijo una voz acerada detrás de Gretchen. Tragué saliva sintiendo retroceder el tiempo, me sentí como cuando niña esperaba mi castigo. Un hombre delgado con el cabello sal-pimienta apareció en la puerta, su porte erguido a pesar de apoyarse más en el bastón que la última vez que lo vi.

- Cumpliste tu palabra - dijo mi padre. Pero no me miraba a mí sino a Sesshomaru.

- Siempre mantengo mi palabra - respondió antes de rodear a grandes zancadas a mi padre y entrar en la sala principal de la casa.

- ¿Qué tienes que decir en tu defensa? - exigió Gretchen. Me volví hacia ella.

Abrí la boca y... no salió nada. ¿Qué podía decir? ¿Que no les había dicho que estaba viva por miedo a que Sesshomaru los usara contra mí si él era quien estaba detrás del bombardeo? Había parecido un argumento viable en ese momento, pero ahora perdía su fuerza tomando en cuenta que Sesshomaru se había apresurado a ponerlos a salvo. La culpa me golpeó más duro que la bofetada de mi hermana. No solo había dejado a mi familia creer que estaba muerta. Había dejado que Sesshomaru lo creyera también. Mientras estaba con Maximus dudando de él, Sesshomaru se había asegurado de que mi familia estuviera a salvo antes de buscarme. Las palabras lo siento ni siquiera empezaban a cubrir esto.

- No era mi intención hacerles daño - lo dije, pero son tan inadecuado como era. Gretchen me dirigió una mirada fulminante. Luego giró sobre sus talones y se alejó. Momentos más tarde, me pareció oír un portazo.

- Sesshomaru dijo que pensabas que nos protegías con este engaño, ¿es cierto? - Eso me dejó con mi padre y los dos yokais que seguían sosteniendo las enormes puertas abiertas, con rostro inexpresivo. Hugh Dalton me lanzó una larga mirada y luego suspiró.

- Sí. - Se me hizo un nudo en la garganta. También sabía por qué lo había hecho. No podía estar más avergonzada.

- Bueno. Me gustaría decir algo más, pero creo que la bofetada de Gretchen lo dejo todo cubierto. Intenta tener mejor criterio la próxima vez, ¿de acuerdo? - Mi padre me dirigió una sonrisa glacial.

- Lo haré - Tragué saliva sintiendo tantas cosas que no sabía por dónde empezar con las auto recriminaciones.

Un yokai llamado Oscar me escoltó a la misma habitación donde me había alojado antes de que Sesshomaru y yo comenzáramos a salir. Estaba en el segundo piso, dos niveles por debajo del cuarto de Sesshomaru. La visión de la cama con dosel y encajes, la chimenea de mármol, el enorme armario antiguo y las paredes índigo no debería haber sido deprimente, pero así fue. Meses atrás, la había llamado la Habitación Azul por el color y la impresión psíquica que recogí de la mujer llorando que estuvo aquí antes que yo. Los problemas de su relación se habían resuelto, según descubrí más tarde. Los míos eran irreparables.

Era justo después de las diez de la mañana, hora rumana, pero convertido al Horario Yokai de Greenwich era prácticamente medianoche. Por lo tanto, no hice ningún intento de hablar con Sesshomaru. Me había dormido en el vuelo, pero él seguramente estuvo despierto asegurándose de que mi mano no hiciera un cortocircuito en el jet. Además, no estaba segura de qué le diría. Me di una ducha y me puse un traje que escogí del armario repleto, no me sorprendí al descubrir que eran de mi talla. La casa de Sesshomaru disponía siempre de todas las comodidades. Luego bajé al primer piso, pasando por varias habitaciones magníficas en busca de una en la esquina más lejana al este. Una vez dentro de la cocina, me sentí contenta de ver una cara familiar.

- Hola, Isha - saludé a la corpulenta y canosa mujer que era una de las muchas cocineras de la casa. Los guardias de Sesshomaru eran yokais y también los del servicio, pero se aseguraba de que los donantes de sangre humanos que vivían aquí comieran como reyes. Igual que sus invitados. Podría haber ordenado servicio de habitaciones, pero no quería darme aires. Isha dejó de picar.

- Señorita Dalton - contestó con su pesado acento rumano.

- ¿En qué puedo ayudarle? - Parpadeé. Había sido "Rin" antes y, ¿era mi imaginación o me estaba mirando de forma muy política?

- No te preocupes. Sólo vine a tomar algo de fruta y queso. - Isha bloqueó la parte de delante del enorme frigorífico antes de que pudiera dar dos pasos dentro de la cocina.

- Señorita Dalton, por favor indíqueme dónde le gustaría que le sirvieran el desayuno y estaré feliz de hacer que se lo lleven. - Ahora me quedé mirándola con incredulidad. No podía contar todas las veces que me las había apañado sola cuando vivía aquí, normalmente mientras mantenía una conversación agradable con Isha o uno de los otros cocineros.

- No hay problema, ya lo hago yo - intenté de nuevo. La mirada de Isha se estrechó pero sonreía, marcando líneas que demostraban que tenía sobre sesenta años cuando fue cambiada.

- Tonterías, será un placer. ¿Debería enviar un plato a su habitación o al salón de la segunda planta? - Su tono no podía ser más civilizado. Igual que sus palabras y, aun así, sentí que estaba siendo reprendida.

- En el salón está bien. Gracias señora... - Mierda, no sabía su apellido.

"¡Llámame Isha, querida!" dijo cuándo nos conocimos y nos habíamos tuteado desde entonces. Se giró sin otra palabra, volviendo a su tabla de picar. Más rápido que una máquina, picó una juliana con un montón de verduras, con la luz de la mañana reflejada en su cuchillo. Me fui, pero decidí tomar el camino largo a mi habitación. Había algo que quería probar primero. Mientras paseaba por la planta baja, me esforcé por saludar a cada persona que reconocía. Todos eran impecablemente educados, pero gente que una vez consideré amigos, ahora hacían que Las Mujeres de Stepford parecieran más cálidas. Si tuviera los sentidos del no-muerto, apuesto que el aroma de desaprobación hubiera obstruido mis fosas nasales.

No había que esforzarse mucho para saber por qué. Imagino que había hecho lo imperdonable al romper con su Maestro. Incluso si escucharan mis razones, obviamente pensarían que debería de estar agradecida y aceptar cualquier muestra de afecto que Sesshomaru me ofreciera. Ahora sabía cómo se sentía una bola en una máquina de pinball... todo lo que tocaba parecía rebotar lejos tan rápido como podía. La frialdad de su gente no debería molestarme, pero lo hacía. Mi estómago gruñó, recordándome que no había comido nada en más de un día, pero en lugar de ir a la segunda planta, fui a la pequeña escalera detrás del jardín interior. Luego continué por un pasillo de piedra estrecho y abrí la segunda puerta después de la capilla. El gimnasio. Había pasado la mayor parte de mi infancia en uno de estos, por lo que las poleas, colchonetas, pesas, camas elásticas y barras asimétricas significaban más que el ejercicio.

Eran máquinas del tiempo que me transportaban a un pasado sin preocupaciones, antes de que tocara el cable eléctrico caído. Fui a la cama elástica y empecé varias series de giros, pero me recordaron mis actuaciones con Jaken. Bajé de un salto y fui a una colchoneta, luchando contra una oleada de dolor. Ahí, comencé a hacer la rutina que había perfeccionado cuando tenía trece años y tuve la oportunidad de entrar en el equipo olímpico de gimnasia.

Mi cuerpo no estaba en condiciones y además no llevaba la ropa adecuada, pero hice la serie completa de ejercicios de todos modos. Luego otra y otra. Pronto mis vaqueros y camiseta estaban húmedos, pero no lo dejé. Algunos días, si me esforzaba lo suficiente, casi podía oír la voz de mi madre. ¿Quién es mi pequeña campeona? Estoy tan orgullosa de ti, cariño...

- ¡Rin! - La voz femenina no venía de mi imaginación. Venía de una rubia rojiza al otro lado de la habitación.

- ¡Todo el mundo, Rin ha vuelto! - gritó Sandra hacia el pasillo. Entonces se me acercó con una sonrisa.

- ¿Por qué no nos habías avisado? - Su felicidad genuina fue como un bálsamo sobre el ardor de una picadura. Si no fuera porque la electrocutaría hasta la muerte, la habría abrazado durante una hora.

- Yo, ah... - Tenía miedo de que me gritaran o rechazaran otra vez.

- No estaba segura de que estuvieran despiertos - Terminé la frase sin convicción.

- No lo estaba hace una hora, pero hubiera estado bien. ¿Por qué has vuelto? ¿Sesshomaru y tú han...? - Sandra se rió.

- ¡Aquí está! - gritó Joe, cortando la pregunta de Sandra. En nada de tiempo, me encontré diciendo hola a viejos amigos y conociendo a nuevos residentes, donantes del turno de alimentación de la mañana.

- Ven, tienes que contarnos todo - comenzó Sandra y luego sonrió.

- No quería hacer ejercicio de todas maneras. - No podía contarle todo, pero podía darle algún detalle. Además, había una cocina aquí abajo también y, a diferencia de la de arriba, no tenía yokais que me guardaran rencor.

Después de un par de horas agradables donde me puse al día con Sandra y los demás, regresé al piso de arriba. Allí pasé otro par de horas no-tan-agradables con Gretchen y mi padre, intentando explicarles que alguien había colocado una bomba en la tubería de gas y que ese mismo alguien consideraría a mi familia un excelente cebo si él, o ella, se daban cuenta de que había sobrevivido. Mi padre, un ex teniente-coronel, lo entendía y parecía dispuesto a perdonarme. Me pregunté si Gretchen alguna vez lo haría. Por fin, regresé a mi habitación y tomé otra ducha. Una vez limpia y cambiada de ropa, miré por la ventana el cielo plateado e intenté no preguntarme si Sesshomaru estaría despierto.

De todas las personas que estaban enfadadas conmigo, él era el que más derecho tenía de estarlo. A pesar de la forma fría en que había terminado nuestra relación y lo difícil que era estar cerca de él, todavía le debía una disculpa por creer que había estado detrás de la bomba en el circo. La próxima vez que lo viera, pagaría esa deuda. Mientras tanto, me distraje pensando cómo estaría Maximus. No le iba a preguntar al personal y preguntárselo a Sesshomaru equivalía a provocar fluidos inflamables. Sin embargo tenía otra manera de ver si Maximus se había recuperado. Pasé la mano derecha sobre mi piel, encontrando el rastro de esencia que Maximus había dejado.

Entonces me centré en él hasta que la Habitación Azul se desvaneció y una completa oscuridad me rodeó. Por un segundo, me quedé confundida. Entonces vi un resplandor rojo y oí la voz de Sesshomaru.

- ... no era lo que yo quería. Preferiría matarte. - Un profundo suspiro.

- Entonces, ¿por qué no lo haces? - La voz de Maximus. Aún no podía verlo, pero sonaba sano, para mi enorme alivio. ¿Dónde estaba que la única luz provenía de los ojos de Sesshomaru?

- Rin. Ella se negó a decirme dónde estaba hasta que prometiera no torturarte ni matarte. - Mi nombre colgó en el aire estigio. Después soltó una breve carcajada.

- Olvidó algunas cosas, como prisión eterna. - Maximus se rió también. Una risa sin humor igual a la de Sesshomaru.

- Es joven - dijo Sesshomaru.

- y puede no ser eterna. En un siglo o dos, podría superar mi enfado y dejarte salir. - Algo resonó al chocar y entonces otro destello de rojo rellenó la oscuridad. Los ojos de Maximus brillaron lo suficiente para poder ver que su cara estaba presionada contra barras de metal grueso.

- Ella llevará mucho tiempo muerta para entonces - dijo con voz áspera. El brillo en los ojos de Sesshomaru aumentó.

- ¿Lo estará? - Ahora sabía dónde estaban los dos y la rabia se disparó en mi interior. Maximus no había vuelto a la casa de Inuno. ¡Estaba a treinta metros por debajo de mí en las mazmorras de Sesshomaru!

- Rin rechazó tu oferta de transformarla en yokai. Ha terminado contigo ¿recuerdas? - El tono de Máximos más duro.

- Si pensaras eso no habrías mentido sobre su muerte. Debes haber adivinado que le estaba permitiendo dejarme, pero que no le permitía irse. Por eso le impediste ponerse en contacto conmigo, convenciéndola de que podría estar detrás de la bomba.- La risa de Sesshomaru estalló, bajo pero implacable, como el trueno de una tormenta en primavera.

- Podrías haberlo hecho - gruñó Maximus. Las manos de Sesshomaru brillaron, cerrándose sobre las de Maximus. Solo los gruesos barrotes de metal separaban sus caras cuando se inclinó.

- Eso te gustaría creer - dijo suavemente.

- De otra forma, me habrías traicionado por nada. - Las miradas brillando a juego mostraban cada matiz de un pedernal.

- Oh, yo no diría que fue por nada. - Finalmente, la boca de Maximus se frunció y extrajo las manos de debajo de las de Sesshomaru.

Mi mandíbula cayó. Su insinuación era clara, como probaban las manos ardientes de Sesshomaru. Una parte de mí estaba ofendida por la falsa insinuación mientras que otra aplaudía a Maximus por marcar un tanto a pesar de encontrarse indefenso. Y de eso me iba a encargar ahora. Encerrarlo en un calabozo contaba como tortura en mi libro, especialmente porque Sesshomaru tenía la intención de mantenerlo allí uno o dos siglos. Sesshomaru ladró algo en respuesta, pero la habitación nadaba a mí alrededor, la oscuridad dando paso a una avalancha de azul mientras perdía el enlace.

Después de reorientarme me sentí mareada, no necesitaba un espejo para saber qué era el calor que brotaba de mi nariz. La furia lo hizo irrelevante. Sesshomaru podría pensar que me había superado, pero estaba a punto de demostrarle lo contrario. Me limpié la sangre del labio superior y salí de mi habitación, prácticamente corriendo por las escaleras hacia el jardín interior y la escalera de atrás. Bajé los escalones de dos en dos, girando a la izquierda en el túnel, en lugar de a la derecha como de costumbre. Mis pasos resonaban en el espacio cerrado, pero desaceleré en los últimos veinte metros. Tenía un plan para pasar a los guardias y correr hacia ellos no ayudaría. El pasillo se curvaba y estrechaba, con dos guardias al final, delante de una puerta de hierro de un pie de espesor.

- Lo siento, señorita Dalton, no puede estar aquí - dijo el de cabello rubio rojizo. Entonces frunció el ceño.

- Está sangrando. - Le di mi mejor mirada de mujer indefensa, esperando que confundiera la rabia que hervía dentro de mí con otra cosa.

- Lo sé, por eso tienes que dejarme pasar. Necesito que Sesshomaru me cure. Podría ser serio. - Los guardias intercambiaron una mirada cautelosa.

- Él no la ha autorizado a bajar aquí, sin embargo, estaría encantado de darle mi sangre... - dijo el guardia fornido y pelirrojo.

- ¿No se enfadaría por eso? ¿Beber tu sangre estando él tan cerca? - interrumpí, ensanchando los ojos como una niña inocente.

Los guardias intercambiaron una mirada incluso más cauta mientras por dentro me reía. Eso es. Piensa en lo territoriales que son los yokais y como, cuando vivía aquí, solo bebía la sangre de Sesshomaru. Para más efecto, me tambaleé y aunque el guardia de cabello rubio me sostuvo, tan pronto como me enderecé, retiró sus manos mientras miraba a su alrededor con aire de culpabilidad. Jaque mate.

- Voy a pedir el permiso para dejarla pasar - dijo el guardia pelirrojo. Él no era tan fácil de engañar. Seguro estaba casado.

En respuesta, me dejé caer totalmente flácida. Como esperaba, no golpeé el suelo antes de que unos brazos fuertes me cogieran. Entonces fui levantada, el viento soplando a mi paso de lo rápido que corría el que me llevaba por el pasillo estrecho hacia el calabozo. Mantuve mis ojos cerrados y mi cabeza caída mientras atravesábamos más puestos de control. Ninguno de los guardias de Sesshomaru quería ser responsable de mi muerte y aun así, estaban demasiado asustados para darme su sangre. Cuando la cuarta y última puerta se abrió, me senté y empujé los brazos que me sostenían. No había necesidad de ponerles fácil el arrastrarme fuera una vez que el engaño se descubriera.

- Déjame bajar - le dije al guardia, que resultó ser el rubio y no el pelirrojo. No me sorprendí.

- ¿Qué demonios está haciendo ella aquí?

- Mis pies acababan de tocar el suelo cuando la voz de Sesshomaru tronó a través de la oscuridad cavernosa que nos rodeaba.

Continuara…

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