El secreto del guisante @zoraidarosecristal
Detonante

Detonante

Satoru ingreso a la habitación de Myoga, la cual tenía muchos más libros que la biblioteca real en sí misma, atraído por el ruido de objetos calle don y constantes murmullos de enojo y fastidio. Para él no fue sorpresa encontrarse a su consejero encima de una pila desordenada de libros al lado de otro estante vacío, quizá la única diferencia es que parecía más frustrado que de costumbre.

- Ah Myoga ¿ya estás de vuelta? – le saludo fingiendo no haber notado su presencia.

- Oh sí que sí, llegue justo a media noche – asintió Myoga sin dejar de revisar sus libros.

- ¿Cómo ha ido la búsqueda? – pregunto interesado, llevan más de un cuarto de año fuera del Coratzion, así que tenía curiosidad al respecto.

- ¡Un reverendo desastre! – chillo fastidiado mientras tiraba otro libro, por suerte Satoru lo atrapo al vuelo.

- No puedo encontrar nada en mis libros… y ese mocoso no ayuda… - Satoru ojeo el libro con una sonrisa de nostalgia, había extrañado los graznidos de ese cuervo.

- ¡Ese cabeza hueca y su corazón están obsesionados con una plebeya! – aquello le erizo los bellos de la nuca y levanto la mirada tan rápido que casi se torció el cuello.

- ¿Qué dices? ¿Estás seguro de eso? – pregunto impresionado.

- ¡es peor que un tortolito! – gruño de nuevo el consejero.

- "Es tan hermosa" "es tan amable" "con ojos así…" "y labios asa…" – mientras Myoga arremedaba a Inuyasha la boca del rey se estiro en una genuina sonrisa, una que no aparecía en su rostro desde hacía 18 años.

- ¡TODO EL DÍA IGUAL! – grito por fin sacando algo de la frustración de su pecho.

- Sera mejor que me concentre en el enigma del guisante – se dio la vuelta para volver a trabajar.

- tendrás que posponerlo, ahora mismo necesito que le lleves un mensaje urgente a Inuyasha – le ordeno Satoru con voz firme, caminando directamente hacia el escritorio de Myoga, por suerte ahí siempre había tinta y pergamino.

- ¡¿ME HAS VISTO CARA DE PALOMA MENSAJERA?! – grazno indignado Myoga revoloteando sobre la pila de libros.

- Eres el único en quien puedo confiar, sospecho que hay una rata en mi castillo – murmuro Satoru anotando algo a toda prisa.

- ¿es "así" de importante? – aquello sí que había captado la atención de Myoga.

- Voy a desheredar a Kikyo – anuncio finalmente, con tanta seguridad que Myoga necesito un segundo para captar el mensaje.

- ¡Pero no puede hacer eso su majestad! ¡Ella es su única heredera y ya está demasiado viejo para casarse nuevamente...! – comenzó a graznar el consejero escandalizado.

- ya he pensado en eso, si Inuyasha desposa a esa campesina de la que está enamorado le nombrare mi sucesor, y podrá heredar ambos reinos – finalizo Satoru sellando el pergamino con su anillo. Sin que ambos se percataran una mano pálida y temblorosa de la ira cerraba la mirilla oculta en el retrato de la princesa.

Tsubaky se recargo en el respaldo de su silla frotándose los ojos, había pasado las últimas semanas revisando la más exclusiva y extensa línea de catálogos para el debut de su hija. Sus pobres ojos incluso de habían hinchado de tanto examinar los encajes y la calidad de las telas, así como las joyas, los accesorios para el cabello ¡por no hablar del bordado de los zapatos de seda! Kikyo era tan exigente con eso… definitivamente era hija de Naraku ¿cuál era su fetiche con esas cosas? Estaba por tomar un sorbo a su te para las jaquecas cuando un estruendo en la puerta la hizo escupir el líquido caliente sobre su vestido de seda.

- ¡MADRE! – Kikyo entro gritando Furica e histérica. Tanto que Tsubaky necesito subirle la boca para que dejara de vociferar, pues algún criado mediocre propia escucharla maldecir y delatarlas.

- ¡TENGO TODO EL DERECHO DE GRITAR! – volvió a chillar la princesa roja por la furia. Tsubaky se froto las sienes y luego le dio un ligero tirón de orejas

- Kikyo ya basta, ¿Qué es tan importante para que olvides las normas de etiqueta de las princesas? – le regaño, la princesa tomo aire un par de veces, pero su cólera era tal que no consiguió calmarse del todo.

- ¡quiere desheredarme! ¡MI TÍO IDIOTA PLANEA DESHEREDARME! – exclamo fuera de sus cabales, las negras cejas de su madre se elevaron hasta la raíz de sus canosos cabellos.

- ¡¿Qué dices?! ¿Estás segura de esto? –pregunto tomándola de los hombros.

- ¡Lo escuche yo misma! ¡Estaba comentándolo con ese pajarraco de Myoga en su estudio! ¡LO VI CON MIS PROPIOS OJOS! – esta vez la voz usualmente cantarina de la princesa se volvió ronca como un graznido, Tsubaky también sintió ganas de gritar hasta arruinarse las cuerdas vocales, había trabajado muy duro para criar a su bebé como una reina perfecta ¡NO IBA A PERMITIR QUE EL ESTUPIDO DE SATORU LES QUITARA SU TRONO, NO ESTA VEZ! Unos minutos más tarde Tsubaky subió a la torre más alta del castillo con Plaga bien afianzado en su guantelete de cuero.

- Quítale el pergamino a Myoga y llévaselo a Naraku – ordeno a plaga antes de liberarlo al cielo, Veremos quién iba a quitarle sus derechos a quien.

- Le he fallado a Satoru y le he fallado a Inuyasha, no he podido hacer nada bien los últimos 18 años, ¿Qué es lo que estaré haciendo mal? – murmuraba para sí mismo Myoga mientras apretaba el pergamino entre sus patas, no era posible que un erudito como él no había podido resolver estos problemas tan importantes. Quizá si cambiaba el enfoque…

Chiiiiiii…

- ¡WAH! ¡ME PERSIGUE PLAGA! – grazno el cuervo asustado cuando la enorme sombra del halcón se sirnio sobre su cuerpo. De inmediato comenzó a aletear pero sus viejas plumas no eran rivales para las de aquel depredador genéticamente diseñado para la velocidad.

- ¡esto no va a funcionar! ¿Qué era lo que siempre decía el abuelo pico de piedra? – medito, entonces vio que sobrevolaba el bosque cerca del feudo de los porquerizos.

- ¡Ah sí, sí! Primera regla: ¡despístalo! – asintió a si mismo mientras volaba con fuertes giros entre las ramas de un gran roble.

- Segunda regla: no volar muy cerca de las copas de los arboles ¡WAH! – grito antes de chocar con una serie de ramas y hojas, ¿Cuándo iba aprender a ver por dónde volaba? Altitud, ¡necesito altitud! Pensó desesperado mientras se elevaba entre las copas de los arboles directo a las nubes, una vez estuvo envuelto entre aquellos esponjosos cúmulos de humedad hecho a reír como un polluelo.

- ¡Lero, lero! ¡Candilero! ¡He engañado a ese pájaro engreído! – canturreo emocionado.

- ¡una vez más el cerebro triunfa sobre la fuerza…! - continuo regodearse sin darse cuenta de que plaga asedia como un cohete para luego lanzarse con las garras por delante contra él.

- ¡…brutaaaaa! – el grito del pobre consejero se perdió conforme su cuerpo caía del cielo como una piedra emplumada.

El halcón dejo escapar un prolongado gorgojeo emulando una malvada carcajada, luego pesco el pergamino al vuelo y se dirigió a la guarida de su maestro. Myoga descendió en picada como una piedra y finalmente se estrelló contra el colorido vitral del antiguo salón de baile del castillo escondido, quedando completamente inconsciente. Al mismo tiempo Naraku descansaba junto a la chimenea de su mansión disfrutando de una botella de su licor favorito, todo estaba saliendo a pedir de boca, los espías que había contratado acababan de informarle que ese mocoso del príncipe Inuyasha no se había comprometido con ninguna noble o princesa extranjera y que estaba en camino de regreso a Coratzion.

Su satisfacción se amplió aún más, por supuesto que no iba a casarse con ninguna de esas sosas princesas, la única mujer del continente que valía la pena como novia era nada más y nada menos que su querida Kikyo. Sin duda Tsubaky había hecho un gran trabajo al criarla. Ahora solo faltaba concretar la cita y ¡BOOM! Su venganza estaría completa y… digamos que el infierno será el mayor anhelo de aquellos que le usurparon lo que era legítimamente suyo.

- mmm… tal vez debería mandarme a hacer unos zapatos aún más desplantes, el oro ya está perdiendo su encanto en el mundo de la moda – sonrió, pero sus cavilaciones se vieron interrumpidas por un golpeteo insistente en su ventana.

- ¿Plaga? - murmuro sorprendido de ver a su halcón, Tsubaky había mandado ya su reporte mensual, no había motivos para que se comunicase con él a menos…

- ¿Qué es esto? – se asombró de ver el sello con el emblema de su hermano en el pergamino en lugar del de su esposa, definitivamente algo extraño estaba ocurriendo en el castillo.

- ¡¿Cómo?! – su exclamación estallo con tal fuerza que los vidrios de la mansión retumbaron.

- Así que el idiota de mi hermano pretende quitarle a MI hija su derecho al trono para dejárselo a Inuyasha y a una andrajosa… - se cayó en seco, un clic hizo eco en su ira…

- Acaso… - rápidamente salto de su lugar en la chimenea y corrió a su escritorio.

Entre el montón de papeles encontró el reporte que le había dado esa asquerosa pareja de porquerizos a la que había asignado la custodia de aquella bastarda, fue entonces que lo vio, la perfecta coincidencia de fechas, el mismo día que el príncipe Inuyasha se retiraba a la frontera para comenzar su búsqueda esa mocosa se había escapado de la granja para ir al bosque. Solo tuvo que sumar dos más dos para darse cuenta de lo que había ocurrido.

- sabía que era mejor deshacerme de esa mala hierba cuando no era más que un brote - mastico entre dientes, miro al cielo molesto, ya casi era otoño pero las lluvias no habían empezado como deberían. Una sonrisa malvada ilumino su rostro.

- ¿sabes Plaga? Creo que es hora de que esa molesta mocosa desaparezca... – con una risa malvada recogió todos los papeles que había guardado durante esos años sobe esa chica y los tiro a la chimenea junto con el documento de su hermano, era mejor no dejar ningún rastro y nada se deshacía de las molestias mejor que el fuego.

Aquella noche

La multitud se había reunido alrededor de la plaza principal del pueblo, la gente estaba curiosa y preocupada, lord Naraku nunca los había convocado en casi 20 años salvo para anunciar los aumentos en los impuestos o aluna ejecución publica, y menos a una hora tan tardía. En medio de la plaza frente a la puerta Naraku estaba sentado en una silla de madera talla sobre una tarima improvisada, a la luz de las antorchas se veía como un verdadero señor demonio de los cuentos que relataban a los niños traviesos.

- queridos campesinos, como su señor feudal me preocupo profundamente por su bienestar y prosperidad – comenzó su discurso con una expresión semi sonriente en su cara.

- ¡Nuestra región ha comenzado a vivir una terrible sequia! – su voz estallo en el lugar al mismo segundo que su expresión se volvía seria y pétrea.

- ¡Los ríos se secan! ¡Las nubes de lluvia no llegan! ¡Y las cosechas…! – siguió exclamando, los murmullos entre la multitud aumentaron, así como la preocupación y el miedo.

- ¡Una influencia maligna está trayendo la desgracia a nuestra comunidad, una que se ha ocultado entre nosotros! – ahora los murmullos pasaron a exclamaciones y jadeos de auténtico, Naraku casi sonrió satisfecho, pero años de mentiras y embustes le ayudaron a mantener su expresión seria y preocupada.

- ¡Si mis súbditos! ¡HAY UNA BRUJA ENTRE NOSOTROS! - ahora en verdad los campesinos exclamaron con autentico terror.

- ¡Una bruja que se ha ocultado por años cobijada por dos de nuestros vecinos! – dicho eso Naraku señalo a Urasue y Kaijimbo que observaban todo en primera fila.

- ¡¿QUÉ DICE?! – exclamo el anciano escandalizado.

- ¡NOSOTROS NO HEMOS HECHO NADA! – chillo seguidamente la vieja aferrándose a su marido.

- En efecto, ustedes no hicieron nada, ¡No trabajan ni un día y aun así prosperan! – les acuso señalándoles, nada como una mentira nacida de una realidad conocida para hacer caer a los crédulos.

- ¿Os cae dinero del cielo? ¿Tenéis oro escondido? – comenzó a interrogarlos con cizaña, él sabía perfectamente de donde venía aquel dinero, así como ellos conocían las consecuencias de irse de la lengua.

- Pero la culpa no recae en unos incautos como vosotros, no ¡También han sido víctimas de esa hechicera, aquella que se ha hecho pasar por su amada hija! ¡Esa joven monstruosa que habla con bestias y animales! ¡LA BRUJA QUE HA TRAIDO TODOS NUESTROS MALES! – ahora toco el turno de Kagome de ser señalada.

- ¿Qué? – jadeo ella, no entendía lo que ocurria, ¿había hecho algo malo?

- ¡Si es ella! ¡ESA HECHIZERA MALINGA NOS HA EMBRUJADO POR 18 AÑOS! – profirieron inmediatamente Urasue y Kaijimbo antes de escabullirse a un lado.

- ¡POR ESO ES QUE USA LA CAPUCHA! ¡PARA OCULTAR LA FEALDAD DE SUS MARCAS DIABOLICAS! -

Kagome miro a la multitud de vecinos confundida y asustada, no comprendía porque la acusaban de esas barbaridades, ella siempre había tratado de ser amable con todos y no se metía con nadie. En un instante las miradas de sorpresa en sus vecinos se volvieron de resentimiento y sospecha. Retrocedió un paso nerviosa ¿Qué iban a hacerle? Algunos hombres se acercaron a ella empuñando picas, rastrillos, antorchas y algunos incluso agarraron cuerdas.

- Po… por favor… yo no… - intento tartamudear inquieta mientras que a sus pies Sango, Shippo y Miroku se encogían nerviosos por tan denso ambiente.

- ¡Sujétenla! ¡Hay que purificar la aldea! – ordeno uno de los hombres mientras otro intentaba sujetarla del brazo.

- ¡No suéltenme! – grito la pobre muchacha aterrada mientras intentaba zafar su muñeca de aquel agarre de hierro mientras su cuerpo temblaba violetamente ¿Qué es lo que planeaban hacerle?

- ¡ARGH…! – el grito del hombre hizo reaccionar a Kagome fuera de su miedo, al parecer Sango había mordido a su captor en el tobillo haciendo que la soltara.

Inmediatamente los cuatro echaron a correr en dirección al bosque, sabiendo que si se dejaban atrapar estarían acabados. La muchedumbre no espero tampoco para ir en pos de la joven y sus cerditos. Naraku observo todo esto y no pudo evitar soltar una risotada, como adoraba el pánico y lo fácil que era manipularlos por las supersticiones, ahora ni siquiera Tsubaky podría regañarlo ya que ni siquiera tendría que ensuciarse sus manos.

Kagome corría por el bosque ciega por la oscuridad, era noche de luna nueva y no habían salido las estrellas así que era una completa boca de lobo. Salto un tronco caído y siguió corriendo estremecida ya que parecía que los pasos y gritos a su espalda se hacían cada vez más cercanos. Sus pies estaban llenándose de arañazos donde la desgastada tela se había rasgado y la capa le estorbaba para poder orientarse, pero ¿a dónde podía ir? No tenía a nadie en el mundo más que a sus padrastros.

- ¡Ah! – exclamo al meter un pie en una madriguera que la hizo caer derrapando por una pendiente.

Sango, Miroku y Shippo intentaron levantarla pero el dolor en su brazo y tobillo la hicieron soltar más de una lágrima. Aun así se forzó a si misma a seguir adelante, no quería morir como una bruja… por suerte pronto algo de claridad llegó a su visión y reconoció el camino, si era capaz de llegar a su jardín secreto podría esconderse y quizá la dejarían en paz. Cruzo el tronco a trompiscones pero finalmente lo logro, a su espalda la muchedumbre paro en seco su persecución, al ver un enorme oso en aquel tronco que les impedía el paso, y el rio era demasiado traicionero como para cruzar a nado.

- ¿Dónde está? ¿Han conseguido atraparla? – la vos de Naraku retumbo en el bosque haciendo saltar a más de uno.

- ¡Se ha escondido al otro lado del rio, señor! – se adelantó uno de los campesinos.

- ¡¿y que esperáis para atraparla?! – grupo furioso, no podía dejar que esa mocosa escapara, mientras siguiera respirando sería un alto riesgo para sus planes y su hija.

- No podemos mi lord, ¡Un oso infernal impide el camino! – argumento otro de los perseguidores señalando al viejo Baltazar.

- ¡IDIOTAS! ¡¿Qué no tenéis imaginación?! – Naraku arrebato una de las antorchas de la mano de un cazara y se aproximó a la rivera del rio.

- Si no pueden cruzar ¡ENTONCES ARROJEN LAS CANDELAS! – y diciendo eso el mismo aventó la estaca encendía hacia el otro lado, la gente no necesito que se lo dijeran dos veces.

Kagome se sentó en uno de los pilares caídos de las ruinas y se echó a llorar sin poder controlarse ¿Qué había hecho ella para merecer eso? Nunca en su vida deseo ni hizo ningún mal, cumplía sus obligaciones y era obediente. Y ahora… ¿Qué iba a seré de ella? No tenía a donde ir, ni a quién acudir ¿acaso su destino seria morar como una ermitaña en esas ruinas hasta su muerte? A sus pies sus tres cerditos intentaban consolarla sin ningún éxito, pero chillaron alarmados cuando el humo comenzó a ser cada vez más presente a su alrededor, Kagome los miro confundida y de inmediato se puso alerta ¡¿acaso la gente de la aldea ya la había alcanzo?!

- No… no pueden… - murmuro horrorizada al ver todo ese fuego, ¿Cómo podían quemar el castillo antiguo? ¡Era el tesoro oculto del bosque! ¡Un lugar mágico!

No tuvo tiempo de quejarse en voz alta ya que Baltazar la trepo en su lomo y hecho a correr con ella seguidos de sus tres cerditos y otros animales del bosque intentando alejarse lo más posible del fuego. El calor aumento alrededor y las llamas se expandieron rápidamente por los árboles y el pasto seco hasta que todo ese tramo del bosque se volvió una gran hoguera resplandeciente en el negro vacío de la noche. Naraku observo las llamas crecer con psicótica satisfacción, siempre le había encantado las cosas relucientes y esa sin duda era la cosa más brillante que había visto en su vida… era más precioso y poderoso que el propio oro y ahora mismo estaba comprándole el mejor de los futuros para él y su querida y perfecta hija.

- ¿Qué ocurre aquí? – una voz desconocida rompió la atmosfera sacando a Naraku de su nirvana.

- ¡Príncipe Inuyasha! – exclamo cuando se giró para encarar al intruso, pero palideció fuertemente al encontrarse a aquel mocoso.

- ¡¿Qué está pasando?! – exigió nuevamente Inuyasha.

Había llegado al pueblo con la esperanza de ver a Kagome, arrodillarse a sus pies y pedirle que le hiciera el honor de convertirse en su esposa. Pero en lugar de eso se encontró con un lugar vacío y una gigantesca pira de humo saliendo del bosque, temiendo que hubiera ocurrido un accione a causa de la sequiza se había apresurado para ver si podía ayudar, pero ahora que había llegado, y miraba a todo el pueblo hipnotizado con el incendio supo que algo más estaba pasando, algo realmente malo.

- ¿pasando? Pues… – repitió Naraku nervioso, no había contemplado esta variable en sus planes en absoluto, él sabía que Inuyasha estaba enamorado de esa andrajosa porqueriza y peor aún, venia de un reino que no era propenso a supersticiones y desaprobaban los juicios por brujería.

- ¡Oh ha sido terrible! – exclamo de pronto, mientras su cerebro humeaba al tener que formular un plan relámpago.

- ¡El fuego se ha iniciado de la nada y no pudimos pararlo, solo hemos podido vigilar que no pase al otro lado del rio! -

- ¿Hay alguien atrapado entre el fuego? ¿Todos están a salvo? – pregunto preocupado el príncipe, Naraku tuvo que reprimir su sonrisa ¿Cómo era posible que un niño tan crédulo le hubiera arrebatado el trono? Bien, ahora iba a pagarle con la misma moneda.

- Ah casi nadie, he podido resguardar a todos, excepto a una pobre porqueriza… ¿Cómo se llamaba? – fue el turno de Inuyasha de palidecer, ¡no podía ser…!

- ¡Kagome! – grito llamándola con la esperanza de verla salir de la multitud, pero cuando nadie se movió su corazón se paralizo.

- ¡KAGOME! – hecho a correr directo a las llamas.

- ¡Su alteza! ¡No vaya ahí es peligroso! - los espectadores e incluso algunos guardias que se habían unido a la multitud al calor del momento exclamaron horrorizados de ver a un miembro de la realeza poner su vida en semejante peligro.

Kagome y sus amigos avanzaron hasta la parte inundada del castillo en ruinas, buscando un lugar donde esperar a que pasara el incendio, estaban intentado encontrar un sitio para refugiarse del humo cuando escucho a Inuyasha llamarla, ¿Qué hacía aquí? Fue su primer pensamiento, emocionada de por la idea de que hubiese venido a rescatarla quiso correr hacia donde venía el sonido de su voz, pero entonces dos pares de manos salieron de detrás de una catarata y la sujetaron.

- ¿A dónde crees que vas mocosa? – le murmuro al oído Urasue mientras que Kaijimbo le cubría la boca con su enorme y asquerosa mano.

- no creas que te libraras de nosotros fácilmente, aun nos eres útil. – sonrieron más para ellos mismos ante de arrastrar a Kagome a una pequeña cueva que habían enterado tras la cascada.

No lejos de ahí Myoga por fin comenzaba a recobrar la conciencia, aunque su pobre cabeza le palpitaba como un matraz a punto de reventar a causa de un químico inestable que se había sobrecalentado… hacia tanto calor… respiro hondo para intentar recuperarse un poco pero entonces olio algo penetrante que lo hizo toser hasta que sus pulmones estaban a punto de salirse por su garganta.

- Donde hay humo hay fuego, mejor salgo de aquí – se dijo a sí mismo, pero estaba tan débil que ni siquiera era capaz de arrastrarse en busca de una salida.

- ¡Oh! Es usted mi señora, la primera princesa… - sonrió el viejo cuervo, atraves de su vista nublada por la contusión cerebral alcanzo a vislumbrar frente a él el hermoso vitral del salón de baile del castillo en ruinas.

- perdonad mi impertinencia, pero por piedad contarme la verdad sobre el misterio de vuestro guisante – suplico el pájaro prácticamente alucinando por las sombras del fuego y el humo. El fuego no tardo en treparse por las enredaderas que cubrían la párete de abajo del matorral y como si escucharan las suplicas del consejero revelaron lentamente una escritura antigua y olvidada.

"Para descubrir un corazón noble de princesa,

Un guisante bajo veinte colchones y edredones pondrás

Y por su gran sensibilidad de auténtica realiza

Dicha semilla dormir le impedirá"

- ¡eso es! ¡Era tan sencillo! – exclamo Myoga al terminar de leer el mensaje.

- un corazón de verdadera nobleza es muy sensible a las necesidades y aflicciones de los demás absorbiendo dicho dolor como propio ¡por supuesto! – el cuervo grito feliz y emocionado.

- ¡Está en la princesa, no en el guisante! ¡Está en la princesa, no en el guisante! ¡Está en la princesa, no en el guisante! – se puso a canturrear su epifanía.

- ¡Myoga! ¡¿Qué haces tú también aquí?! – la voz de Inuyasha resonó por el salón sorprendiendo al viejo cuervo.

- ¿has visto a una joven por aquí? ¡Por favor dime que la has visto! – le pregunto mientras se acercaba corriendo había recorrido todo el castillo buscando a Kagome sin éxito alguno, y el fuego se volvía cada vez más intentos al igual que el humo que comenzaba a asfixiarle.

¡CRASH!

- ¿v-v-v-v-ver a quién…? – pregunto Myoga justo en el instante que uno de los vitrales reventó y le cayó sobre la cabeza noqueándolo de nuevo.

- ¡lo que me faltaba! – gruño Inuyasha recogiendo al cuervo y acomodándolo dentro de su chaqueta.

- ¡Kagome! – volvió a llamarla.

¿Por qué no me contesta? Pensó alarmado, ya le dolía la garanta por el humo y había recorrido casi todas esas ruinas sin hallar ni un rastro de su amada. Estaba ya desesperado, eso cada vez más se volvía un horno, se agacho un poco para conseguir algo de aire fresco y entonces una idea le cruzo por la mente ¿y si había quedado inconsciente por el humo? Kagome conocía ese lugar mejor que él, era perfectamente factible que se avísese escondido de las llamas pero que el humo pudiese alcanzarla desmayándola en algún rincón desconocido para él. ¡Tenía que encontrarla ahora! Se levantó de un salto y está a punto de correr cuando tres sombras grandes le interceptaron.

- ¡su alteza! ¡Al fin le encontramos! – exclamo aliviado uno de los guardias.

- ¡tiene que venir con nosotros de inmediato! ¡Si respira demasiado humo será muy peligroso para usted! – antes de que Inuyasha pudiera decir palabra se encontró con ambos brazos sujetados por aquellos fuertes hombres mientras lo "guiaban a la salida".

- ¡quítenme las manos de encima! ¡Es una orden! – se resistió intentando clavar los pies en el piso, pero eso no ayudo de ningún modo.

Pronto su respiración volvió a cortarse y un intenso calor le rodeo, el fuego se había extendido tanto que parecía una muralla salida directamente del infierno. Inuyasha comenzó a sentir que su fuerza flaqueaba pero siguió luchando y pateando, se negaba a marcharse sin Kagome, ¡no podía abandonarla en ese averno! Sintió algo desigual bajo sus botas y aprovecho eso para clavar los talones lo suficiente para conseguir sacar su brazo del fuerte agarre de aquel mastodonte y estaba listo para golpear al otro para liberarse, pero antes de poder conseguirlo algo golpeo fuertemente su nuca haciéndolo caer en la oscuridad. El recre guardia que flaqueaba la marcha le había golpeado con la empuñadura de sus espada, después de todo su señor le había ordenado sacar a ese príncipe del fuego con vida valiéndose de cualquier medio necesario.

- ¡lord Naraku! ¡Le encontramos! – exclamaron los guardias antes de recostar a Inuyasha en el piso junto al rio, los ciudadanos exclamaron con alivio al ver que habían rescatado con esto a tan importante figura del embrujo maligno de aquella hechicera.

- k… ka… -

- mirad ¡el príncipe intenta decir algo! – señalo una de las mujeres al ver a Inuyasha mover los labios con debilidad.

- ¡agane a un lado! ¡Déjenle respirar! – Naraku empujo a las personas que se congregaron alrededor de Inuyasha y lo incorporo un poco, lo suficiente como para que su oído fuera el único lo suficientemente cerca para escuchar las esperadas últimas palabras de ese mocoso.

- Kagome… - la voz de Inuyasha era apenas un susurro mientras su cuerpo se desplomaba sin fuerzas en la inconciencia total. Naraku por su parte tuvo que bajar la cabeza para que su flequillo ocultara su enorme ceño fruncido por la cólera al escuchar el nombre de su sobrina, pero después de ver las llamas una vez más aquel malestar se enfrió, ¿Por qué tenía que preocuparse ahora por una mendiga calcinada?

- ¿señor? ¿Qué ha dicho? – preguntaron curiosos los espectadores de la escena.

- ha dicho… Kikyo… - sonrió Naraku diabólicamente.

- ¡el príncipe Inuyasha desea casarse con la princesa Kikyo! – coreo la muchedumbre asombrada, Naraku por su parte se cubrió la boca para sofocar su propia carcajada de oscura y deliciosa satisfacción.

Continuara…

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