El secreto del guisante @zoraidarosecristal
Princesas ¿perfectas?

Princesas ¿perfectas?

La primer parada de Inuyasha y Myoga fue el famoso reino de Crestia, el cual según se decía tenía una princesa bella y delicada. Tuvieron que viajar por tres o cuatro días, nada más acercarse a la ciudad Inuyasha percibió el ambiente de fiesta, no era de extrañar, a pesar de que el continente construido por tantos pequeños reinos como el suyo no era común que miembros de las familias reales viajaren de un reino a otro a menos que fuerte por un buen motivo, y buscar a un conyugue realmente encabezaba la lista. Ni bien había entrado por la calle principal ya había toda una multitud, adornos y virotes, tanto que tuvo que contenerse para no rodar los ojos. Ingreso al palacio con una recepción digna de un héroe de guerra, aunque su verdadera batalla estaba por librarse. Ni bien había bajado de su caballo una docena de trompetas doradas sonaron la fanfarrea de bienvenida. Desde la cima de la escalera de entrada dos figuras sonrientes se dejaron ver.

- ¡Oh su alteza! No sabe el regocijo que representa para nosotros su visita, y desde luego su intención de conocer a nuestra pequeña hija- exclamo el rey que bajaba los escalones de dos en dos para estrecharle la mano.

- ¡Fue educada perfectamente! No solo es elegante y tierna, es perfecta para ser la reina de un país – fue el turno de la reina de alabar a su hija sin siquiera dejar que Inuyasha hablara.

- Es una creatura delicada nuestra Alicia, la fatiga jamás ha estado presente en su vida, podemos garantizar que ninguna vez ha tenido un solo callo, ni ha realizado el menor trabajo - sonrió el rey examinando "disimuladamente" la suavidad de los colchones y edredones que los criados desempacaban de las pobres mulas.

- Sera la preciosa flor que calentaría el corazón de cualquier pueblo – le guiño el ojo la reina, para ese momento Inuyasha había comenzado a sudar, sabía que en su generación habían nacido principalmente princesas, pero esperaba que los reyes fueran un poco más discretos en su desesperación al encontrar solteros viables para sus hijas.

Finalmente dirigió su mirada otra vez a la sima de la escalera, para ver a su posible prometida, su boca se abrió ligeramente, era sin duda una mujer perfecta, piel blanca, pelo dorado cómo la miel; la vio descender por la escalera a un paso muy suave, dos criados sujetaban cada uno de sus brazos ayudándola a descender mientras que otros dos ponían un cojín mullido de plumas de cisne a cada paso que daba, sin duda una dama delicada y de aspecto tierno, que sin duda se vería genial compartiendo con él el trono. La princesa ideal para mí. Pensó feliz mientras ella se dejaba caer graciosamente en sus brazos como una doncella de cuento de hadas. O eso creía hasta la hora de la cena.

- Demasiado, esta aguado, ese no ¡del perfumado! – se la pasaba denigrando cada cucharada de comida, copa de vino, o servilleta que se acercaba a sus labios, ¡y ella ni siquiera las sujetaba!, de hecho Inuyasha no la había visto mover ni un solo musculo más que para regañar a algún criado.

- ¡Con la de oro! ¡Al rededor! – siguió gritando la princesa mimada, para ese punto incluso Myoga parecía escandalizado, y eso que él había vivido 18 años con la bestia caprichosa de Kikyo.

- ¡Oh Dios mío! ¡Pica, pica! ¡RASQUENME! – comenzó a agitarse la princesa Alicia con tal escándalo que Inuyasha casi había saltado instintivamente para enfrentar un peligro inminente.

- ¿No es adorable? – pregunto sonriente la reina mientras rascaba la nariz respingada de su hija, Inuyasha y el viejo Myoga casi se cayeron de espaldas ¿incluso eso tenían que hacerlo por ella?

La hora del té fue peor, esa era definitivamente la mujer más quisquillosa que había conocido en su vida, había chillado todo el rato porque los panques no tenían suficiente nada o demasiada, si él te estaba muy frio, muy caliente o muy tibio, y eso ni hablar de cuando la reina sugiero que tomaran un paseo por el jardín. La princesa Alicia fue llevada en un vivan cargado por 4 hombres y no paraba de quejarse del clima o de que se aburría, incluso cuando recogió una de las muchas margaritas y trato de ofrecérsela se quejó de que prefería las rosas. La única razón por la que no había dejado aflorar su carácter era porque podría causar una guerra, y además Myoga había amenazado con picotearle los ojos si no lo dejaba probar su método especial para evaluarla.

Paso la noche y la princesa incluso se habían recostado quejándose de la desfachatez de sus sirvientes. Llego la mañana y la princesa Alicia corrió por el pasillo como una caperucita, y luego salto directa a los brazos de Inuyasha, con dos criados sujetando la larga cola de su vestido, sin duda convencida de que había aprobado la extraña prueba para ser su esposa, durmiendo como un oso sobre esos deliciosamente suaves colchones y edredones.

- ¡Que pareja tan perfecta! – exclamo la reina emocionada.

- que unida se mantenga por muchos años – asintió también el rey.

- y bien lejos de nosotros – murmuro uno de los criados que sostenía una sonrisa que era puros dientes.

- Querido llévame en brazos a la sala del tesoro, solo son 49 pisos – sonrió Alicia cómoda entre los brazos del príncipe, Inuyasha miro a Myoga suplicando auxilio, y para su suerte el pájaro ajito la cabeza informando el resultado negativo en su prueba.

- Discúlpeme su majestad ¡Pero devuelvo su posesión! – exclamo Inuyasha dejando a la princesa Alicia en brazos de sus padres antes de salir corriendo de ese reino, se había salvado de una buena, el personal de su castillo le lincharía si llevaba a semejante princesa mimada al palacio.

La siguiente parada en su itinerario era el castillo de Esterera, donde encontraría a la princesa Petronila otra dama de absoluta belleza y espíritu libre, esperaba seriamente que esta fuera la definitiva, aun tenia ñañaras de imaginar a la caprichosa Alicia como su reina. Ahí el ciclo se repitió casi como una fotocopia, el rey y la reina saltaron de gusto y prácticamente corrieron a estrecharle la mano mientras alagaban con mucha suavidad a su preciosa única hija. Esta vez incluso los cortesanos la inundaron de buenas palabras, como su extraordinaria aura, como iluminaba las habitaciones y era capaz de derretir hasta los más fríos corazones entre muchas otras cosas.

Cuando finalmente la vio quedo embelesado, sin duda era una mujer guapa, igual que la princesa Alicia, tenía un cutis perfecto, hermosos ojos verdes, un porte muy elegante, vestía un sencillo atuendo cubierto de una capa de sobrio rojo y un tocado verde que le cubría casi por completo el cabello. Además su familia era de gran renombre y poder, sin duda una princesa ideal para ascender con él al trono. Se acercó educadamente a saludarla, ella le ofreció una pequeña sonrisa semiculta tras su delicado abanico color esmeralda y le ofreció coquetamente su mano.

- mi lady – sonrió Inuyasha pero justo cuando bajo el rostro para besarla un pequeño chorro de agua le empapo la cara.

JAJAJAJAJAJAJA

La carcajada más aguda y chillona que hubiera escuchado el príncipe en su vida estallo por todo el castillo, la princesa soltó la tela roja de su vestido y se desenrollo como lo que realmente era, una enorme alfombra, sobre las escaleras revelando un vestido lleno de creolina y volantes exagerados que la hacían parecer una especie de reptil inflado. Luego se sacó su tocado mostrando una enorme maraña de pelo castaño rizado que parecía más un suflé esponjado, y le coloco el tocado torpemente en la cabeza.

- ¡Vamos cariño, muéstrame las perlas! ¿O es que no sabes cómo sonreír? – chillo en una risotada la princesa Petronila antes dudarle un golpe en la base del cuello.

- ¡Oh no tienes que angustiarte! ¡Yo me encargare de sacarte hasta lo último de ese mal humor! – volvió a reírse quitando selo que parecía un bonito cinturón de piel de serpiente, y colocándoselo al cuello como una niña traviesa.

"Es tierna, tal vez solo se ríe histéricamente porque está nerviosa de conocer a su posible futuro esposo", pensó Inuyasha sonriente, hasta que sintió aquella cosa escamosa y babosa moverse y enredarse ligeramente en su cuello, no podían ser las manos de la princesa apretando eso porque ella las tenía ocultas tras la espalda mientras lo creía con una sonrisa expectante, y no había nadie más cercano a ello. No podía ser lo que creía que era ¿verdad? Giro la cabeza y el color se le fue del rostro, aquel cinturón había levantado la cabeza y comenzaba a abrir la boca, salto a un lado y arrojo aquella cosa lejos mientras aquella princesa volvía a estallar en estridentes e insoportables risotadas.

Las siguientes horas fueron un torbellino vertiginoso de bromas pesadas, carcajadas y carcajeos hilarantemente dementes de la princesa Petronila, era una completa posesa de las inocentadas. Tan solo desde su llegada hasta la cena había sido mojado, picado, electrocutado, le habían echado picapica en TODAS partes del cuerpo, le habían quitado las sillas, tirado jarrones en la cabeza, le tiraron cascaras de banano en el piso para que resbalara e incluso le habían medito una ridícula dentadura falsa en la boca, todo mientras la princesa Petronila se burlaba incansablemente de él. Incluso llego a desear que se asfixiara con su propia risa, que para cuando fue a dormir ya le parecía el sonido de garras contra una pizarra.

Esta vez ni siquiera pudo esperar a llegar al desayuno, en cuanto se levantó intento salir corriendo de ese castillo de locos, pero al parecer todos los accesos al ala donde habitaba la princesa Petronila habían sido fuertemente cerradas por fuera. ¡NO PODIAN ESTAR TAN DESESPERADOS! Pensó alarmado, aunque viendo a la loca princesa balanceándose como un mono verde en el candelabro sin dejar de reír casi sintió pena por los padres. Pero no estaba ni la mitad de abatido por encontrar una esposa como para…

- ¡Te pille la nariz! – sonrió la princesa justo un segundo antes de que algo… ¡un cangrejo de rio! Le pinzara la nariz. Instintivamente retrocedió mientras intentaba desenganchar al crustáceo de su rostro, cuando lo consiguió quiso tomar asiento y esa loca le alejo la silla haciendo que se diera de cabeza contra el piso.

JAJAJAJAJAJAJA

- ¡Es guapo! ¡Es guapo! ¡Me gusta! – daba brinquitos Petronila a su alrededor, Inuyasha por su parte sentía ceder lo último de su auto control. Como no saliera de ahí inmediatamente ¡iba a ser responsable de una guerra entre naciones! Miro a la ventana tentado en saltar del tercer piso cuando vio a Myoga, le hacía señas frenéticamente mientras negaba con la cabeza, indicándole que no era una princesa adecuada para él, ¡PUES YA SE HABÍA TARDADO!

- ¡Yuju! ¡Mira aquí! - lo llamo la loca desde atrás de una pila de cascaras de banano y sosteniendo un enorme pastel de crema.

- ¿Pero a dónde vas Inulindo? – pregunto al verlo pasar una pierna por el alfeice de la ventana a ignoro saltando por la ventana hacia el balcón, de algo le servirían por fin 15 años de subir y bajar árboles en casa.

¡ARGHHH!

- ¡Dios muchacho! ¿Estás bien? – preguntó el cuervo cuando el príncipe cayó desplomado sobre un montón de hojas.

- Aún no me muero viejo pajarraco – gruño Inuyasha escupiendo algo que parecía una hoja con rama.

- ¿entonces porque gritaste como una doncella? – pregunto burlonamente preocupado el consejero.

- Créeme que ese no fui yo – afirmo Inuyasha, de reojo había visto a esa princesa resbalarse con su montón de cascaras asquerosas cuando había intentado alcanzarlo en la ventana, le dio lastima ese pobre pastel.

El resto de la estación Inuyasha y Myoga se pa pasaron cabalgando, visitando todos y cada uno de los castillos, fortalezas e incluso mansiones nobles del continente y en ninguno se quedó más de una noche. No era que aquellas doncellas no fueran atractivas… de hecho, todas y cada una podría ser clasificada como una sofisticada, elegante y delicada belleza. Pero de la misma manera todas eran insoportablemente mimadas, vanidosas, caprichosas y eso siendo amable con sus descripciones. Y cada una ellas estaba desesperada por echarle el guante a él, como si fuera el único príncipe casadero del continente.

Para cuando llego al último castillo de su ruta estaba completamente agotado y desmotivado, no había encontrado ni siquiera una candidata decente en ese mar de tiaras y vestidos caros, bueno, tenía que reconoceré que cumplían con los requisitos que le impuso el consejo de lord de su corte, bellas, sanas, ricas y de linaje impecable, pero no hubo una sola que le pareciera una buena reina.

- Sera mejor que me despida de mis esperanzas de ser coronado, a este paso terminare siendo enviado de por vida a un monasterio por no casarme – se quejó Inuyasha con un suspiro apenas audible mientras recorría el pasillo lujosamente decorado hacia los aposentos de la candidata número 99 de su lista con un anillo de oro y rubís en sus manos para pedir el compromiso.

- ¡Oh niño! No te desesperes, aun te queda otra puerta, quizás este aquí – intento animarlo Myoga, aunque él también estaba frustrado y agotado de esa travesía.

- una… princesa ideal para mí – suspiro nuevamente Inuyasha para darse ánimos.

Ingreso cuidadosamente a la habitación, la princesa estaba sentada frente a un espejo arreglando amorosamente un buque de flores frescas. El príncipe sonrió, quizá pro fin había encontrado una esposa, comenzó a abrir el estuche donde guardaba el anillo dispuesto a arrodillarse ante ella. El lacayo que le acompañaban se acercó sonriente a llamar la atención de su princesa para que saludara a tan importante invitado y le toco ligeramente el hombro.

- ¡¿DÓNDE ESTA MI BAÑO DE LECHE?! – grito de inmediato la princesa estrellándole el ramo de flores en la cabeza al pobre criado, y ahí quedo su esperanza de casarse.

Después de aquel desastre Inuyasha y Myoga se detuvieron en un estanque en un bosque cercano a la frontera, necesitaban despejarse de tanto trauma seguido. El príncipe se sentó a la orilla y se puso a desojar flores, mientras se quejaba de lo complicado que era encontrar una pareja ¿Por qué tenía que irle tan mal en el amor? Era como si cada creatura en el planeta tuviera esa capacidad menos él, insectos, hables, animales, plebeyo y otros nobles. Incluso había parejas que se casaban y tenían hijos por sencilla congéniense y eran relativamente felices en su vida ¿Por qué solo él?

- vamos príncipe, note pongas así, no es como si tuvieras que resolver como llegar a la luna y convertirla en queso – intento subirle la moral Myoga nuevamente, pero Inuyasha solo gruño sujetándose fuertemente la cabeza.

- ¿es que acaso ya no existe ni una sola mujer decente en este mundo? – pregunto agarrando otra flor y sacándole furiosamente los pétalos.

- ¿Oh vas a globalizar a todo el género femenino como indecente solo por unas cuantas decenas de malas experiencias? ¿Incluso esa muchacha campesina de la que tanto has hablado estos días? – pregunto Myoga soplando uno de los pétalos que había caído en su nariz. Inuyasha detuvo su furia ante la mención de Kagome.

- No seas ridículo, bien sabes que en este asunto mi corazón no tiene voz ni voto, tengo que usar la… cabeza para resolver esto – escupió cruzando sus brazos bajo la cabeza y dejándose caer sobre el césped, era verdad que ella era una doncella muy bella, sencilla y dulce, pero no dejaba de ser una plebeya.

- ¡Pues bien! ¡Yo voy a resolver el misterio del guisante! ¡NO IMPORTA SI TENGO QUE LEER TODOS Y CADA UNO DE LOS LIBROS DE MI BIBLIOTECA! – estallo el viejo cuervo antes de irse volando de vuelta a su estudio.

- ¡feh! Pajarraco raquítico – gruño Inuyasha dándose la vuelta para quedar de costado.

- ¡AJ! Todas esas princesas presumidas, empolvadas, maquilladas, perfumadas ¡malcriadas! – rezongo dando un puñetazo al pasto.

- ¡¿Qué hay de bueno en ellas?! Si las dejara sin sus joyas, vestidos y criados, y las hiciera trabajar en… ¡una pocilga! Me gustaría ver como reaccionarían – siguió refunfuñando mientras se sentaba. A su lado su fiel perro colmillo le dio topecitos en la mano con la cabeza y soltó un leve quejido.

- ¡Exacto! Como unas simples lloronas. ¡Y no necesito ningún guisante para saberlo! – se cubrió el rostro con una mano con fastidio.

- Realeza, nobleza, riqueza… somos todo oro y ostentación por fuera pero por dentro… - murmuro viendo su anillo de rubíes que probaba que era el heredero de su reino.

- no somos más que muñecos vacíos – dejo caer la cabeza entre sus rodillas a la vez que dejaba escapar el aire de sus pulmones.

- ¡suficiente! – Inuyasha se levantó de un salto.

- Necesito ver a Kagome - se quitó el anillo del dedo, lo guardo en su bolsillo y monto a su caballo, después de todo hay cosas que valen mucho más que todos los reinos del mundo.

Continuara…

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