El secreto del guisante @zoraidarosecristal
Belleza escondida

Belleza escondida

A la mañana siguiente Inuyasha partió de la casa de Naraku fresco y descansado. No sabía cómo, pero había pasado una velada realmente tranquila ahí, bueno casi, Naraku no había dejado de calentarle las orejas sobre las virtudes de la princesa Kikyo, que lo bella que era, que lo fina que era su etiqueta… si no hubiese sido una grosería para con su anfitrión habría comparado el discurso con la venta de una yegua pura sangre. Debe querer mucho a su sobrina. Se encontró pensando, la verdad el antiguo príncipe heredero debería haber tenido un cambio milagroso al querer tanto a la hija del hermano que le arrebato el trono. Ahogo otro bostezo mientras se estiraba un poco. Odiaba madrugar pero tenía que llegar al reino de Crestia ese día o todo su itinerario sería un desastre por semejante retraso. Gruño con fastidio ¿Por qué tenía que hacer tanta alharaca para encontrar una princesa para casarse?

- me casare con la primer princesa que me guste, solo es requisito que sea guapa y rica ¿verdad? – bufo con tono áspero, estaba por cruzar parte del bosque cuando colmillo comenzó a ladrar repetidamente, por instinto llevo su mano a la empuñadura de su espada y puso sus sentidos alerta. Algo grande y pesado cayó al suelo frente a él asustando a su caballo, por suerte sus reflejos reaccionaron y consiguió sujetarse para no ser derribado y posteriormente pateado.

- ¿Pero qué…? – gruño después de recuperar el aliento.

- vaya solo era un viejo oso que buscaba una colmena – miro el peludo animal canoso alejarse, más cuando espoleo a su caballo para seguir con su camino su capa que había quedado enchanchada en unas ramas tiro de él mandándolo de espaldas al suelo.

- Eso me pasa por hacerle caso al modista real – se enfadó tallándose los hombros, el odiaba las capas, pero como príncipe debía dar una imagen, o eso era lo que le zumbaban sus consejeros.

- ¿Qué ocurre colmillo? – pregunto al ver que el perro seguía alterado, giro para ver que estaba llamando así la atención de su fiel canino, entonces una capa color castilla capto su atención.

- ¡Va en la misma dirección que aquel oso! – exclamo, intento advertir al viajero a gritos, pero estaba lejos y no le escucho.

- maldita sea, esto puede ser peligroso – se montó de vuelta a su corcel y los persiguió.

Ese tramo del bosque era muy tupido, y no pudo contar la cantidad de veces que ramas de árboles le golpearon la cabeza o bien arbustos espinosos arañaron sus piernas alrededor de las botas. Pero aun así no se detuvo, sabía que los osos en esa zona eran peligrosos, y aunque lo había visto de lejos, esa persona se veía delgada y frágil como un palito. No podría llamarse a s mismo príncipe y menos monarca si no ayudaba a la gente que podía necesitarlo. Pronto llego a una encrucijada y se detuvo, ¿por dónde se había ido? Su corcel era el más rápido de todo Sengoku, ¿Cómo había podido perderlo de vista? Colmillo comenzó a ladrar hacia un tronco caído, seguramente lo habría usado de puente para cruzar, pero no se veía lo suficientemente sólido para soportarlo a él y a su caballo.

- Ustedes dos me esperan aquí – ordeno a sus acompañantes cuadrúpedos y se aventuró a cruzar el rio espada en mano.

Conformé avanzaba el caminó comenzó a volverse más extraño y oscuro, casi como un laberinto de ramas peladas. Trago saliva, esto comenzaba a verse como uno de esos cuentos de fantasmas que le contaban de pequeño. Apretó ligeramente la empuñadora y siguió adelante, entonces el camino comenzó a clarearse y noto que las piedras en su camino, a la vez de más abundantes comenzaban a tener formas demasiado perfectas para ser naturales. ¿Ruinas? Pensó sorprendido al reconocer claramente estructuras de lo que alguna vez fue un palacio, con grandes arcos labrados y hermosas columnas que si bien deteriorad no perdían la belleza que tuvieron antaño.

- ¿Hola? – llamo intentado encontrar a la persona.

- ¡Disculpe pero hay un oso cerca, es peligroso estar por aquí ahora! – grito parándose sobre una roca blanda, o al menos eso creyó hasta que esta se movió, el cayó al agua que encharcaba el piso del lugar para encontrarse al oso frente a él.

- ¡A-atrás! – exclamo buscando con la mano su espada mientras el enorme oso se aproximaba a él viéndolo con curiosidad.

- Te lo advierto, que encuentro encuentre a mi espada… ¡Aquí esta! – jadeo feliz, pero menuda sorpresa se llevó cuando en lugar de espada tenía un pescado en su mano. Inuyasha palideció y el oso lanzo un gruñido antes de abrir sus fauces, el príncipe ya daba por perdido su brazo, pero el oso solo se contentó mascando el jugoso pescado freso.

- ¡Baltazar! – una voz irrumpió en el lugar.

- ¿Robando pescado otra vez? Ya sabes que aquí hay suficiente comida para todos, ándale ¡zape de aquí!, ¡fuera! – grito la voz, el oso bajo la cabeza y se marchó lentamente.

- OH, no te pongas así, recuerda que eres el único oso de mi vida – el oso estiro la boca en algo que podía asimilar una sonrisa y se alejó. Inuyasha se puso lentamente de pie sin dejar de estar alerta. Cuando el oso finalmente se perdió en la lejanía pudo darse cuenta de que aquella persona se estaba riendo.

- ¿Puedo saber qué es lo que encuentra tan gracioso? – pregunto cruzándose de brazos molesto.

- ¡Oh, mis disculpas mi lord! Pero es que… ¿de verdad pensasteis que podría ahuyentar a un oso con una trucha? – pregunto doblándose de la risa sin poder evitarlo.

- Yo había venido a salvaros, pero claramente has sido vos quien me ha salvado – gruño Inuyasha suspirando.

- Tengo una deuda de vida con usted – Kagome respingo cuando aquel caballero se inclinó ante ella.

- ¡Oh! Por favor no haga eso, alguien como yo es indigno de semejante favor – tartamudeo nerviosa.

- ¡A-además Baltazar no le haría daño a nadie! pese a su tamaño es como un cerdito travieso y… no te ofendas Sango – sonrió nerviosa cuando su cerdita le empujo la pierna con la cabeza, pero esta solo le dio un tope más fuerte.

-¡Ah! - exclamo perdiendo en un segundo el equilibrio, se preparó para caer de bruces contra la piedra, pero un par de brazos cálidos la sujetaron.

- ¿se encuentra usted bien? – pregunto Inuyasha a la que, ahora sabia era una doncella por su voz y su tamaño.

- ¡Oh, dios mío! ¡Disculpad mi atrevimiento! no era mi intención… - se excusó levanto la cabeza, su capucha se deslizo suavemente hacia atrás, Inuyasha la miro boquiabierto.

- Sois muy hermosa, mi lady – sonrió con coquetería, aunque más bien se quedaba corta, esa era sin duda la chica más guapa que había visto, tenía un cabello negro brillante y profundo como el cielo nocturno, sus ojos le recordaban a aquellos dulces exóticos del nuevo continente que las damas de la corte peleaban por comer, su piel era blanca y lechosa, además tenía los rasgos finos y los labios carnosos y rosados como los de una princesa.

- Ya, ya Sango, deja de empujarme, ¿no oíste que te están llamando hermosa? – sonrió Kagome a la cerdita que seguía dándole de cabezazos. Inuyasha arqueo una ceja, claramente le había dicho el cumplido a la doncella, no a su mascota.

- Creo que debemos presentarnos, yo soy el pri… digo, Inuyasha, mi nombre es Inuyasha Taisho – se inclinó ante ella con su reverencia más galante.

- ¡Vaya perdone! ¿Dónde he dejado mismo dales? – exclamo la joven.

- esta es Sango, el que está a su lado es Miroku, y… ¿Dónde se ha medito Shippo? – comenzó a presentarlo con sus cerditos.

- Mira nada más donde te has escondido esta vez, anda y saluda a nuestro invitado – empujo al cerdito más joven al frente y lejos de su falda, pero este solo chillo y corrió a esconderse en la capa de Kagome, desatándosela del cuello en el proceso.

- Eres un tímido incorregible – le regaño, Inuyasha se hecho a reír. Kagome se sonrojo tanto que se olvidó por completo de que acababa de romper una de las reglas más importantes de sus padrastros, nunca sacarse la capucha en público.

- Este lugar es verdaderamente precioso, ¿es propiedad de su familia señorita? – pregunto el príncipe después de enjugarse una lagrima a causa de las carcajadas.

- ¡Oh, no! este lugar ha estado abandonado desde que tengo memoria, yo solo… me gusta venir aquí de vez en cuando… es como mi jardín secreto – respondió apenada Kagome. O al menos era secreto… pensó en voz baja.

- ¿Seria mucha molestia si mi lady me diera un recorrido? – pregunto acariciando suavemente con su aliento la oreja de la joven.

- mmm pues… ¿promete no decirle a nadie? – pregunto, si sus padrastros llegaban a enterarse que se escapaba cuando ellos estaban dormidos a causa del vino la encerrarían en el gallinero hasta que llegara el invierno.

- Ahora también será mi secreto ¿o debería decir nuestro secreto? – Volvió a coquetear con ella.

Aun roja como una mora Kagome acompaño al príncipe por el antiguo palacio abandonado, el cual en efecto era como un precioso jardín, donde las viejas estructuras eran devoradas y adornadas de manera encantadora por la naturaleza, las flores crecían en las paredes, pequeños arroyos y lagos daban pastura y musgo esponjoso muy agradable al caminar. Había blancos cisnes revoloteando, bellas mariposas, tiernos conejos y ardillas… era todo un paraíso terrenal. Incluso las viejas estatuas de piedra que adornaban los corredores parecían pacíficamente felices con aquella atmosfera fantástica.

- esto es asombroso – tuvo que reconocer Inuyasha, jamás había visto cosa más hermosa.

- voy a enseñarte mi rincón favorito – sonrió la joven guiándole por un pasillo lleno de estatuas de lo que parecían parejas enamoradas de reyes y reinas.

- ¿es un antiguo salón de baile? – pregunto Inuyasha al ver el enorme salón circular lleno de preciosos vitrales antiguos y relucientes.

- eso parece ¿verdad? A veces cuando juego por aquí, me gusta imaginar que soy la princesa de un hermoso reino, donde todos son amables y sinceros – se rio Kagome dando vueltas sobre sí misma como una bailarina.

Inuyasha la miro fascinado, en algún momento ella se olvidó por completo de él y empezó a bailar por todo el lugar, a sus pies los cerditos comenzaron a corretear a su urdidor haciéndola reír y a él por igual. Cuando Kagome llegó al centro del salón de baile no pudo resistirlo más, la intercepto a mitad del giro, tomo una de sus manos, y luego sujeto su diminuta cintura con la otra, era tan delgada… Kagome se sonrojo al verse en brazos de ese joven noble, pero cuando este comenzó a moverse ella instintivamente lo siguió. No había música, pero no les era necesaria.

Inuyasha se sorprendió de lo que estaba haciendo, bailando sin música con una plebeya… Sus movimientos eran algo torpes pero delicados y elegantes, aun llendo descalza se deslizaba como si sus pies fueran ligeras plumas de cisne, eso sin mencionar su vestido claramente viejo y remendando. No es una princesa pensó para sí mismo intentando traerse de nuevo a la realidad, pero fue inútil, pues la joven le sonrió tan encantadoramente que su corazón casi se le salió del pecho, ella no necesitaba joyas, o un hermoso y caro vestido, ella solo brillaba de pureza y belleza. Si tan solo fuera una princesa o al menos una noble… Dieron un último giro y luego se detuvieron, Kagome hizo un gesto para soltarle peor los brazos masculinos se cerraron a su alrededor con posesividad, sus rostros estaban tan cerca que solo bastaría inclinarse un poco para…

- ¡KAGOME! – el grito rasposo de su padrastro la hizo despertar del trance en que se encontraba.

- ¿Qué ocurre? – pregunto Inuyasha sorprendido por esa reacción repentina.

- Yo… - volvió a tartamudear la chica con palidez.

- ¡KAGOME! ¡MOCOSA DESOBEDIENTE! ¡VEN AQUÍ INMEDIATAMENTE O TE LAS VERAS CON NOSOTROS! – ahora fue el turno de su madrastra gritar.

- Disculpe, pero debo irme ahora… - se zafó del agarre de Inuyasha y comenzó a alejarse, mi capa, ¿Dónde deje mi capa? Oh dios ¡me van a…! Pensó casi presa del pánico ¿Cómo había podido ser tan descuidada?

- ¡Espera! – la llamo una voz a su espalda.

- Lo siento mucho, no puedo retrasarme. –se disculpó nuevamente.

- ¿A dónde vas? Si estos problemas yo podrían… - intento detenerla nuevamente Inuyasha, pero ella esquivo sus manos esta vez.

- Volveré aquí otro día ¡Lo prometo! – le dijo Kagome antes de desaparecer mientras se cubría con su capa a toda prisa.

- Kagome… - murmuro Inuyasha, así que ese era su nombre. Sonrió, no solo era preciosa, tenía un nombre encantador, y sus ojos y…

- ¿Qué tonterías estás pensando? – se regañó a si mismo dándose una fuerte palmada en la frente.

- no puedo tener nada con ella, es una plebeya – se quejó sintiéndose un idiota.

- es mejor que regrese y termine esta absurda búsqueda de una vez por todas. – dicho eso se marchó. Iba ya saliendo del bosque cuando algo se posó en su hombro.

- ahí estas muchacho desvergonzado ¿sabes cuantas horas llevo buscándote? – le regaño Myoga dándole un coscorrón en la cabeza.

- ¿y para que me quieres viejo pajarraco? – le gruño Inuyasha.

- Mocoso grosero, deberías ser más agradecido, ¡Yo el gran consejero Myoga he venido a ayudarte a encontrar a tu esposa perfecta! – se jacto Myoga antes de dar un par de palmadas.

Inuyasha se giró para ver sobre su hombro y casi se cayó nuevamente de su caballo, del sendero salieron no menos de 8 mulas, todas cargadas con gruesos colchones y edredones. ¿Qué pensaba hacer exactamente con todo eso? ¿No pretendía que esa fuera la dote para su futura novia cierta? Myoga debió leer la sorpresa de su rostro, pues se hecho a reír.

- No te preocupes mi joven príncipe, este es mi nuevo método certificado para encontrar a una verdadera princesa digna de tu mano – le dio unas palmadas.

- ¡Feh! Como sea – se encogió de hombros y apeo a su caballo. Cuanto antes terminara con eso mejor.

Continuara…

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