El secreto del guisante @zoraidarosecristal
Primera Princesa

Princesa

Aquella misma noche el príncipe Naraku y su mujer abandonaron el castillo rumbo a su nuevo feudo llevando nada más que sus objetos personales y algunos documentos (que ocupaban cerca de 8 carruajes) ambos habían salido del castillo en silencio y con la cabeza en alto, pero Satoru sabía que algo entre él y su hermano se había quebrado irremediablemente. Desde su habitación, ahora en el ala principal, vio la caravana de su hermano y su cuñada alejarse en la oscuridad de la noche y soltó un suspiro.

- Naraku se ha marchado sin mirar atrás – murmuro triste.

- bueno… no podíamos esperar algo diferente de él – suspiro Sonomi bordando tranquilamente en un sillón.

- ¿tú crees… que algún día cambiara? – pregunto Satoru sin mucha esperanza realmente en ello.

- bueno… el tiempo lo dirá… pero de lo que puedo estar segura es que la vida siempre da muchas vueltas, Majestad – sonrió levantándose y aproximándose a la ventana junto a su marido.

- ¿Majestad? Sonomi, ante todo soy tu amigo, tu confidente, y… esposo – se rio suavemente el nuevo rey.

- y muy pronto… padre - su mujer le daba una sonrisa traviesa.

- ¿Qué quieres decir? – pregunto serio.

- esta es una manta para bebés, tonto – desenvolvió su bordado, revelando una manta blanca que tenía el escudo de armas real bordeado de estrellas de colores.

- ¿qu- quieres decir que yo… tu… nosotros…? – comenzó a tartamudear Satoru a causa del nerviosismo.

- en tu reino pronto habrá un habitante más – asintió Sonomi, Satoru la tomo entre sus brazos y le dio vueltas riendo encantado.

Nueve meses después…

El crudo invierno estaba en su apogeo, la blanca nieve rodeaba los caminos lagos y casas como un grueso manto de azúcar. La noche reinaba sobre las cabezas de los hombres y no se podía escuchar mayor sonido que el de la tramposa ventisca que rasguñaba los vidrios de las ventanas y retaba el crepitar de las chimeneas y estufas. Dentro de toda aquella calma el sonido inconfundible de un recién nacido resonó entre los muros de piedra.

- ¡enhorabuena! ¡Mi lord es padre! - grito feliz la partera desde la habitación principal.

- nueve meses he pasado, gruñendo, sudando y revolcándome en el barro con los porquerizos. Mis zapatos dorados están completamente inservibles y destrozados – mascullaba Naraku furioso desde el salón principal de su pequeña mansión en el reino de los porquerizos.

- todo lo que he intentado… cada plan… cada intriga… ¡me ha salido mal! – chillo furico mientras que con su espada trozaba un retrato de su hermano coronado, el décimo noveno de esta semana. Desde su pértiga el halcón plaga miraba todo con diversión hasta que uno de los trozos del marco voló en su dirección y lo derribo, cayendo justo sobre la cabeza de su amo.

- ¡oh pero que preciosa criaturita! – entro la partera en el salón llevando un bulto en pañales, Naraku arqueo una ceja mientras se quitaba el pájaro de la cabeza de un manotazo.

- ¿ya ha nacido? – pregunto acercándose a la partera, Tsubaky había sido la embarazada más insoportable del mundo por esos nueve meses y no estaba dispuesto a pasar por eso nuevamente y esa creatura debía ser su mejor y más brillante carta para recuperar el trono.

- ¡si milord! ¡Es una niña! ¿Verdad que es preciosa? ¡Es usted el más afortunado! – volvió a reírse encantada la partera antes de salir de la habitación para terminar de atender a la madre y a la bebé.

- una… niña… - El rostro de Naraku se descompuso en una mueca de enfado y decepción.

Se dejó caer frustrado en un sillón con la cabeza palpitándose, ¡un niño era lo que necesitaba!, un heredero varón que le diese mayor peso para competir contra Satoru, que aún no tenía ningún vástago propio y así recuperar la corona, pero ¡UNA NIÑA! ¿Qué se supone que iba hacer con eso? Las mujeres solo servían para ofrecerlas en matrimonio, si la simplona de su cuñada llegaba a darle un varón a su hermano habría perdido su oportunidad para siempre.

- ya, se terminó ¡da igual! ¡ME QUITO LOS ZAPATOS! – se emberrincho sacándose de dos bruscos golpes los zapatos de los pies, que en todo ese tiempo jamás se había quitado, los cuales habían perdido todo su brillo y majestuosidad y ahora lucían como harapos viejos y pestilentes. Ahora definitivamente había perdido.

- niña, niña, una maldita niña… - continuo mascullando peligrosamente entre dientes. Justo en ese momento unos fuertes golpes resonaron en su puerta.

- ¡adelante! - ordeno con un humor de los mil demonios.

- ¡Su Majestad el rey Satoru IV de Coratzion programa un día de duelo! – entro el heraldo real mientras desenrollaba un pergamino oficial.

- el día de hoy su alteza real, la reina Sonomi, ha perdido la vida después de dar a luz a su primer hija – termino de proclamar ahora con un tono más lúgubre y triste.

- ¿hija? – repitió Naraku irguiéndose de golpe.

- ¿y la princesa aún vive?- pregunto al heraldo, el hombre le miro confundido antes de asentir afirmativamente. La cabeza de Naraku se ilumino en ese instante.

- esperad por favor, quiero escribir mis condolencias para mi querido hermano – pidió al heraldo con el tono más amable que pudo antes de correr disparado a su escritorio.

Mi querido hermano Satoru:

He recibido la noticia del temprano fallecimiento de mi dulce y adorada cuñada. Por desgracia nosotros también hemos recibido a la tragedia en nuestra puerta, con el prematuro fallecimiento de mi primogénita. Tsubaky ha reaccionado a su muerte de la peor manera posible y es víctima de una profunda depresión.

Te estaría eternamente agradecido si permitieras que mi mujer criara y se ocupara de la educación de tu princesa, para poder así sanar las heridas de su corazón maternal. Sé que hemos tenido muchas diferencias, pero quizá esta nueva oportunidad nos permita enmendar y crear nuevos vínculos fraternales.

Por siempre tu hermano, Naraku

- recuerda bien, acabas de perder a la niña, invéntate alguna enfermedad – instruían Naraku a su mujer de camino al palacio real.

- dame a la niña, yo entrare por el pasadizo de las mazmorras y te veré a media noche – termino quitándole el bulto envuelto a Tsubaky.

- ¿y que se supone que harás hasta entonces? – pregunto la mujer, la cual realmente estaba más preocupada de su peinado y maquillaje.

- obviamente iré a que me hagan unos zapatos nuevos - En la entrada del pueblo antes de llegar a la capital Naraku bajo cubierto con una capa negra y con la bebé en brazos.

Dentro del palacio, en una cálida habitación bien iluminada, la pequeña princesa estaba tumbada entre almohadones de pumas y seda esperando a su baño matinal, en una esquina un trio de músicos interpretaba dulces y suaves melodías para entretenerla., a un lado de la mesa Myoga con un libro dorado antiguo tomaba constantes notas mientras observaba a la nueva integrante de la familia real.

- una cabeza redonda con algunos cabellos negros – murmuraba mientras anotaba.

- dos ojos… castaños como su madre, dos orejas, una nariz fina, una boquita dulce… - siguió inventariando sin poder dejar de sonreír.

- tu pajarraco ¿Qué haces poniendo esos libros apolillados y sucios junto a la princesa? – entro la nana Kaede a regañarlo, ella era niñera real, había criado a dos generaciones de reyes, y ahora se ocupaba del cuidado de la nueva princesa.

- ¡mujer ignorante! Yo soy el real historiador de la corte ¡y mis libros no tienen polillas! – chillo ofendido, pero gritando alterado cuando una polilla voló lejos de las hojas del libro.

- a ver continuemos, piel tersa y rodada… ¡esa no es forma de hablar…! Longitud del tronco, 12.5cm y tiene cosquillas… ¡al pájaro que…! - comenzó a entre dar las conversaciones mientras seguía examinando a la princesa.

- extremidades, dos piernas, dos brazos, y dos manos… ¡… salvo al reino…! Diez dedos… ¡… de su fin…! ...diez dedos muy fuertes –mascullo Myoga intentado zafar su pobre pico del fiero agarre de la bebé real.

- ya, ya, ya entonces ¿has resuelto el misterio del guisante "señor historiador real"? – se burló la anciana mientras entibiaba y enjabonaba el agua para el baño de su protegida.

- no exactamente… - murmuro Myoga descubriendo la sabana un poco para ver los regordetes piececitos de la niña.

- dos pies perfectos de bailarina, con diez lindos cerditos – se hecho a reír mientras hacía cosquillas a la pequeña que rio encantada.

- después de todo yo puse a Satoru en el trono – termino de anotar, la vieja rodo los ojos.

- pero no sin la ayuda del joven príncipe Inuyasha – le recordó Kaede mientras tomaba la niña y la sumergía en la tina de plata.

- vaya… una marca de nacimiento en forma de estrella de ocho puntas – anoto rápidamente Myoga al ver el pie izquierdo de la bebé antes que se sumergiera en el agua.

- debes saber, viejo pajarraco Myoga, que aunque el reinado de Satoru aún no acaba, ya deberías ir apresurándote con eso – siguió molestándolo sin dejar de lavar con sumo cuidado la delicada piel de la niña.

- sí, ya entendí, ya lo sé – se quejó el erudito cerrando su libro y dejando escapar gruesas nubes de polvo.

- ¡oh! ¡Esto ya es suficiente! ¡Largo de aquí pájaro mugroso! ¡Vas a ensuciar a la princesa! ¡Fuera! – comenzó a golpearle con un trapo enrollado, el pobre Myoga voló asustado lejos de aquella mujer loca.

- ¡Y LLEVATE TUS SUCIOS Y APOLILLADOS…! – le lanzo el libro, pero este fue interceptado por una mano masculina.

- oh Satoru – exclamo sorprendía, pero el rey no parecía enojado en lo absoluto.

- tu hija es realmente adorable – sonrió la niñera mientras sacaba a la niña del agua y comenzaba a secarla.

- yo… he traído esto – murmuro Satoru mostrando la manta que había bordado Sonomi.

- mira pequeña, es papá – la niñera señalo, la pequeña princesa giro su rostro hacia su padre y sonrió relucientemente.

- ya está ¿quieres cargarla? – pregunto Kaede ofreciéndole la niña a Satoru, está la envolvió en la cobija y la acuno con sumo cuidado entre sus brazos.

- mi dulce pequeña, tu madre hizo esta manta para ti, no sabes cómo deseo contártelo todo sobre ella para que, de grande, llegues a ser tan dulce y amorosa como tu madre – le susurro mientras la paseaba para arrullarla.

- eso es… duerme pequeña mía – sonrió cuando la princesa comenzó a cerrar sus ojitos, más el estruendo de la puerta volvió a ponerla en alerta.

- ¡YUJU! Estoy aquí… ¡por fin he regresado! Uff que viaje tan horrible, y cuanta nieve - canturreo Tsubaky irrumpiendo en la alcoba, no podía estar más feliz de volver al palacio, esos nueve meses en aquella mansión pestilente casi le habían sacado una arruga.

- Tsubaky… todos estamos muy apenados por la muerte de tu bebita – hablo suavemente Satoru al ver a su cuñada.

- si querida, ha de haber ido muy duro – asintió también la compasiva nana Kaede.

- oh… oh si – Tsubaky perdió su postura radiante y de inmediato se le aguaron los ojos.

- fue terrible… el… el lumbago se la llevo… fue un calvario oh como he llorado… - dejo salir lágrimas de cocodrilo mientras arrojaba su carísimo abrigo de piel, su estola y guantes encima de los músicos.

- te agradezco mucho que hayas venido, mi hija necesitara una influencia femenina – asintió Satoru.

- claro, claro, tu solo asegúrate de darme dos criadas obedientes y tres tratamientos de spa a la semana, más caprichos – asintió la dama acercándose a ver a la bebé.

Aquella noche la luna llena brillaba con fuerza, el castillo estaba en completa calma, incluso las estrellas brillaban como diamantes. En medio de la cálida habitación de la princesa Tsubaky dormitaba en una mecedora acolchada y forrada con suaves pieles junto a la chimenea. Era cerca de la media noche cuando la pequeña princesa comenzó a llorar, Tsubaky se levantó y de inmediato la cogió en brazos. Y la llevo de vuelta la mecedora.

- ssshhh… silencio pequeña, tranquila… - le susurro suavemente, la pequeña tomo uno de sus dedos enjoyados haciendo sonreír a la mujer.

- así que te gusta estar en brazos de la tía Tsubaky ¿verdad? – pregunto mesando a la pequeña haciéndola sonreír.

- ah pobre pequeña… yo también perdí a mi madre cuando era niña – pensó en voz alta con nostalgia.

- buenas noches, esposa mía - una voz tenebrosa sonó a su espalda en un susurro frio.

- Naraku – reconoció a su marido que traía a su hija en un brazo y una antorcha en la otra mano.

- no estoy segura de que debamos hacer esto. Esta niña no tiene ninguna culpa en que tú hayas perdido el trono – Naraku respingo y luego su rostro se contrajo en una mueca temible a la luz de la antorcha.

- se cometió una gran injusticia conmigo y pienso resarcirme – gruño prendiendo un candelabro cerca de la puerta para iluminar mejor la habitación.

- ¿o le negaras a nuestra hija el lugar que le corresponde? – acuso a Tsubaky mientras mostraba a su propia bebé.

La dama abrió la boca para protestar pero en el instante el sonido de pasos los alerto. Naraku de inmediato se escondió tras un pilar, no sin antes apagar su antorcha y envolvió un poco más al bebé para que no emitiera ningún ruido. Mientras tanto Tsubaky recompuso su rostro furico en uno tranquilo para no levantar sospechas, a los pocos segundos la voz soñolienta de su cuñado llego a sus oídos, seguido de su figura adormilada y en camisón sujetándose de la puerta del dormitorio de su hija.

- ¿Qué pasa su majestad? ¿Ha ocurrido algo? – pregunto también Myoga semi dormido sobre el hombro de Satoru.

- mi hija… estaba llorando… ¿ha entrado alguien? – pregunto Satoru aun perdido en la barrera del sueño y la conciencia, por lo que no noto la palidez repentina de su cuñada.

- no… no ha pasado nada como eso, la… pequeña solo estaba un poco inquieta… pero ya ha pasado… - murmuro nerviosa con la niña en brazos.

- creo que… he de haber tenido una pesadilla – Satoru bostezo y volvió a retirarse a su dormitorio.

Ni bien la figura de su hermano menor se alejó, Naraku salió de su escondite, y antes de que Tsubaky pudiese protestar coloco a su propia niña en la cuna de la princesa donde la arropo entre las pieles finas y sabanas de seda. "si mi hermano piensa que lo de esta noche fue una pesada, que espere y vera" pensó para sí mismo antes de volverse hacia su mujer, lucia inconforme y enojada, pero no parecía que fuera a pronunciar ningún sonido. Para él era obvio que Tsubaky prefería sacrificar su débil moralidad que volver con él al feudo de los porquerizos; y eso estaba perfecto en su opinión.

- si educas bien a nuestra hija será una princesa magnifica, debes asegurarte de hacerla orgullosa – le mencionó.

- consentida – sonrió Tsubaky.

- ambiciosa – siguió Naraku devolviéndole la sonrisa.

- vanidosa – se rio ella.

- codiciosa – asintió el príncipe.

- y quisquillosa – se levantó Tsubaky feliz.

- exactamente como yo – afirmaron ambos con egocentrismo. "y sobre todo será el tormento de mi usurpador hermano" sonrió Naraku diabólicamente.

- ahora dame a esa mocosa – ordeno tratando de agarrar a su sobrina, pero Tsubaky la alejo de él antes de lanzarle una mirada fiera.

- primero prométeme que no le harás ningún daño – le amenazo su mujer señalándolo con su dedo manicurada.

- ¿Qué? – jadeo Naraku sorprendido.

- después de todo aun soy su querida tía – la mujer inflo el pecho con orgullo, una gota de sudor bajo por la frente de Naraku, así que era eso.

- tu ganas, te prometo que no le tocare un cabello – accedió desganado y rodando los ojos, finalmente Tsubaky le paso a la pequeña.

- dásela a una encantadora familia - le despidió sonriendo mientras volvía a sentarse en la mecedora.

- ¿oh? Ya he encontrado a la pareja perfecta – sonrió Naraku antes de desaparecer en el pasadizo secreto.

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