El secreto del guisante @zoraidarosecristal
El decimoctavo rey

El decimoctavo rey

La mañana era fresca y limpia, el mes de mayo estaba en pleno apogeo. Con el sol despuntando traviesamente. Poco a poco el reino de Coratzion despertaba para una mañana de trabajo. La gente alegremente cantaba a la mañana, ese día era especial, y las poblaciones cercanas a la capital las calles y caminos eran adornados por cientos de banderines al son de las canciones populares más alegres. Se preparaban para la ceremonia de sucesión del rey. La fiesta era enorme, desde semanas anteriores la realeza y nobleza de reinos vecinos enviaban misivas y regalos, también los nobles más importantes habían estado llegando todo el mes para la fiesta.

Los granjeros, los arrieros, incluso los apicultores apuntaban sus labores lo mejor posible, todos querían participar de las festividades. Incluso los bueyes y caballos se veían emocionados y pisoteaban como si bailaran de la alegría. Entre los campos un pequeño niño no mayor a los 8 años cabalgaba entre risa por la multitud de campos y arboledas con un pergamino en la mano. Reía y jugaba entre los fardos de paja y hacia bromas inocentes a niños y adultos a su paso mientras sus escoltas trataban en balde de alcanzarlo a voz de grito que no se fuera lastimar. Solo su perro Totosai estaba a su lado ladrando y correteando feliz, claro hasta que un halcón con una cinta de oro y detalles negros en sus alas apareció de la nada y le quito el pergamino.

- escualos Tsubaky, los desechos de la sociedad cantando y bailando… que desagradable – gruño el primer príncipe, Naraku Higurashi, un hombre joven de 27 años, de cabello negro alquitrán, ojos dorados, y carácter cruel, mientras se llevaba un pañuelo a la nariz por el desagradable aroma a campo, lo odiaba.

- tienes razón Naraku, esto me quita por completo el apetito – murmuro su esposa, una mujer ricamente vestida con un maquillaje muy costoso, al igual que sus joyas y vestido el de su marido y ojos de hielo azul, al tiempo que se metía un bombón tras otro en la boca.

- mañana reinare yo, veremos si les queda tiempo para cantar y bailar – sonrió sádicamente mientras acariciaba distraído las plumas de su halcón Plaga, al menos hasta que el carruaje se detuvo de golpe.

- ¿Qué es esta impertinencia? – rugió asomando su cabeza y fulminando con sus ojos escarlatas a los caballeros de su caravana.

- mis disculpas su alteza, es un inconveniente mínimo – se excusó el capitán de caballeros mientras señalaba disimulada mente a una rama superior de un árbol.

- apedread a ese mocoso – gruño mientras veía a un niño de cabellos blancos encaramado en la rama de un árbol balanceándose como un mono.

- no podemos señor – se dispensó nervoso el soldado.

- ¡¿te atreves a negar la orden de tu…?! – comenzó a gritar cuando una voz dulce se escuchó frente al carruaje.

- príncipe Inuyasha – sonrió Satoru Higurashi, segundo príncipe del reino desde su caballo, era apenas dos años menor que Naraku, tenía el cabello castaño oscuro y sonrisa amable, de carácter tímido, gentil y alegre a su lado la princesa Sonomi, su mujer de cabello negro ondulado, vestimenta sencilla y juvenil con grandes ojos color chocolate, sonreía dulcemente mientras miraba al pequeño que había caído en sus brazos y le daba un beso en la mejilla.

- sigamos – ordeno Naraku sintiendo nauseas ante tal escena. La caravana siguió su curso. El segundo príncipe y su mujer ayudaron al pequeño visitante a volver a su caballo, y le devolvieron el pergamino por el cual se había encarando encima del árbol antes de retomar su lugar en la caraba real.

Era tradición que el día antes de la coronación los príncipes reales junto con sus mujeres e hijos (si los hubiera) se mostraran en cada parte del reino y saludaran a sus pobladores. Como primer príncipe Naraku y su mujer iban en su carruaje personalizado, mientras que Satoru y Sonomi debían ir solo a caballo durante ese día. No tardaron a llegar a la ciudad que bordeaba el palacio imperial. Por todas partes bufones juglares y artistas danzaban, cantaban y hacían toda clase de payasadas. Al paso de la caraba la gente se hacía a un lado, la primera pareja real saludaba distraídamente a los transeúntes, pero los vítores comenzaban a sonar sinceramente al paso de la segunda pareja real. Desde su carruaje Naraku rechino los dientes, no importaba, el seria coronado al día siguiente, y todos esos sucios campesinos tendrían que arrodillarse ante él.

El historiador real Myoga, un cuervo entrado en años gris como una piedra y de carácter impropio de un caballero, se encontraba como de costumbre enterrado entre miles o millones de libros, polvorientos documentos, tubos de ensayo llenos de solo Dios sabe que cosas y apolillados rollos de pergamino. Era un erudito en toda regla, sus escasos cabellos blancos rodeaban su calva cabeza como una corona, tenía una barba y unos vigores puntiagudos formados por tres pelos cada uno, y su único adorno era una medalla dorada colgada de una seda roja de su cuello, insignia de su título en la corte.

- Myoga… Myoga ¿Dónde estás? Te he traído una visita – hablo Satoru entrando al estudio.

- eres muy ruidoso segundo príncipe Satoru, ¿no puedes dejar que un pobre anciano se concentre en sus importantes asuntos? -. Se quejó el sabio.

- esto te va a gustar – aseguro el príncipe empujando ligeramente a su invitado.

- te presento a Inuyasha Taisho, príncipe y heredero del reino de Shikon – el pequeño entro ligeramente en el estudio hasta llegar al escritorio.

- te he traído esto que encontré de camino aquí, creo que es un mapa del tesoro – aseguro el pequeño.

- ¡CARAMBANOS Y POLIMEROS! – exclamo el erudito después de asomar su pico gris de entre unos matraces.

- ¡esto en verdad ha de ser nombrado tesoro! ¡La historia del viejo reino bordada en un tapiz! Se trata de nuestra antiquísima leyenda sobre el guisante y la princesa, y también el tradicional escudo de armas ¡Una maravilla! – sonreía de oreja a oreja el letrado mientras saltaba de un lado al otro del escritorio, mientras que el pequeño príncipe fruncía su negro ceño.

- ¿me estás diciendo que mi mapa del tesoro trata sobre chicas? – gruño molesto.

- no, nada de eso su pequeña alteza, de pro-me-ti-das – articulo feliz Myoga con una mirada picara.

- no son más que egoístas – una voz infantil les hizo atragantarse.

- ¿Qué? – Naraku chasqueo la lengua al ver al mocoso del príncipe Inuyasha entrar en la sala del trono con paso altivo y arrogante.

- al pueblo un rey debe servir, no explotar – el niño lo señalo groseramente con el dedo, como si le regañara por algo obvio. Desde la entrada Satoru vio preocupado como su hermano apretaba puños y dientes mientras que sus ojos rojizos ardían peligrosamente. Más Naraku pronto recupero la compostura.

- ¿has oído Tsubaky? ¿No es un encanto? – pregunto sarcásticamente a su mujer mientras se hacía a un lado su largo y abundante cabello negro, la dama se limpió los labios antes de responder.

- que ignorante y descarado - murmuro lanzando una mirada reprobatoria y afilada a aquel niño. Naraku bajo de la tarima donde estaba colocado el trono y se dirigió a Inuyasha.

- muy valiente pequeño príncipe, pero iletrado – le sonrió sádicamente antes de tomarlo en brazos.

- ¿no se te ha ensenado que significa ser realiza? – le pregunto poniéndolo en la mesa.

- es tener vasallos construyéndote fortalezas y castillos, terciopelos y sirvientes a tropel – sonrió Naraku mientras Tsubaky se ponía de pie con una sonrisa altiva.

- fuentes de oro con manjares, plata fina ¡diamantes! – canturreo mostrando sus grandes anillos así como su abanico enjoyado mientras desfilaba frente a aquel principito extranjero.

- la confitería más delicada – termino Naraku haciendo girar a su mujer como si estuviesen danzando.

- ¿y de que sirve eso si hay gente pasando hambre y frio?- pregunto Inuyasha bajándose molesto de la mesa. Naraku soltó una carcajada.

- ¡que blando de corazón! ¡Que ingenuidad! ¡Tú riqueza debe hacer que se postren a tus pies! ¡Es la única manera de gobernar! – grito intentando revolverle el pelo a Inuyasha, pero este lo esquivo groseramente.

- hombre ignorante y malvado ¡nunca debiste entrar al palacio! – le grito desatentamente, Satoru comenzó a preocuparse enserio por la seguridad del niño, mientras que Myoga miraba impresionado la valentía del joven príncipe.

- ¡quieres ser rey por el poder, pero no eres capaz de gobernar! – lo insulto finalmente.

Tsubaky se cubrió la boca con indignación mientras que Naraku se puso morado de la furia, Satoru preocupado hizo una seña a Colmillo, el sabueso blanco de Inuyasha para que lo sacara de ahí antes de que las cosas se enredaran más. El perro fielmente comenzó a tirar del pantalón escarlata del príncipe pero este ese resistió sin dejar de mirar desafiante a Naraku.

- ¡mocoso atrevido! ¡Atrévete a decir una sola palabra más! – estallo finalmente el segundo príncipe después del breve silencio provocado por la cólera.

- ¡DEBE REINAR SATORU! – sonrió Inuyasha desafiante.

El primer príncipe y su mujer exclamaron escandalizados mientras que Satoru levanto las manos y sonrió nerviosamente, el jamás en su vida había aspirado al trono, y no era su intención de ningún modo convertirse en rey. Naraku le miro como si fuera un traidor, Satoru trago saliva, sabía bien de la crueldad de su hermano mayor y estaba seguro de que la declaración de Inuyasha iba a tener consecuencias serias después de la coronación, peor en ese momento lo mejor que podía hacer era quedarse callado.

- ¡Satoru en cuanto me coronen hare que te ahorquen y descuarticen! ¡Te aplastare como a un gusano! – le amenazo hasta dejarlo temblando, luego su mirada escarlata se posó sobre Inuyasha.

- dejame darte un buen consejo de padre – le sonrió tensamente tomándolo de la barbilla.

- no gracias – le escupió el pequeño príncipe.

Una acalorada e infantil discusión se desato entre el adulto y el infante, se contradecían fuertemente e intercambiaban una buena multitud de insultos. Satoru y Myoga observaban en silencio, ambos conscientes de que el primer príncipe estaba completamente furioso. En un momento incluso comenzaron a arrojarse comida. Tsubaky se alejó de la mesa para salvar su peinado y su vestido de aquel desastre, pero no hizo nada para detener a su marido tampoco. Pero cuando los insultos fueron reemplazos por abiertas amenazas de parte de Naraku Satoru dejo su posición neutral y corrió junto a su hermano pidiéndole que se contuviera; pero no alcanzo a llegar a la mesa cuando Naraku levanto la mano con clara intención de golpear a Inuyasha. Afortunadamente este fue más rápido y alcanzo a protegerse colocándose sobre la cabeza una bandeja a como de escudo, Naraku gruño de dolor por el golpe del metal mientras que Inuyasha aprovecho para alejarse corriendo.

- ¡vuelve aquí mocoso mal criado! ¡TE VAS A ENTERAR! – le grito arrojando la mesa a un lado haciendo chillar a Tsubaky pero la ignoro.

- ¡EL ORO LO ES TODO PARA GOBERNAR! – estallo arrojándole sus preciosos zapatos dorados directo a la cabeza a Inuyasha. Colmillo al notar esto corrió hasta donde el agresor, Naraku retrocedió un paso, tomo a su esposa y salió indignado del lugar con Satoru pisándole los pies, seguramente para intentar convencerlo de no declarar una guerra al día siguiente.

- si no fuera por esa estúpida ley de primogenitura1 – mascullo enfadado Inuyasha frotándose la cabeza donde los zapatos de habían pegado.

- de hecho príncipe Inuyasha, la ley ancestral de Coratzion dicta que es coronado el primer hijo en entrar en la sala del trono el día designado. Lamentablemente el príncipe Naraku jamás permitirá que eso pase con lo arrogante que es – explico Myoga volando a su lado, Inuyasha se rasco la cabeza pensativo.

El alba despunto en el castillo real como una lluvia de oro y diamantes, el aire refrescante de la mañana bañaba los corredores de perfume primaveral y suaves trinos de pajaros cantores. Era el día perfecto para la sucesión, ya todo estaba listo, las decoraciones habían sido hechas meticulosamente, el coro que había ensayado pro meses calentaba sus voces en su lugar, los nobles se habían despertado sumamente temprano para asearse y engalanarse, incluso en las cocinas había mucho revuelo preparando los últimos toques del banquete. Solo hacía falta una cosa.

- ¿Dónde están? ¡¿Por qué no puedo encontrarlos?! – chillaba furioso Naraku desde su alcoba.

- ¡SATORU VEN ACA AHORA MISMO! –ordeno encolerizado, el segundo príncipe corrió de inmediato a la dependencia de su hermano mayor con Inuyasha y Myoga siguiéndole de cerca.

- hermano ¿Qué ocurre? – pregunto preocupado, ya iban retrasados a la ceremonia.

- ¡NO ENCUENTRO MIS ZAPATOS! – gruño enfurecido Naraku mientras ponía todo su dormitorio patas arriba.

- pero… tienes miles de zapatos – murmuro Saturo mirando el monto0n de zapatos a su lado.

- ¡Es evidente que no sabes nada! ¡TENGO QUE SER CORONADO CON MIS ZAPATOS DORADOS! – le insulto arrojándole una copa de cristal a los pies.

- ¿Qué no te acuerdas que me los arrojaste ayer en la sala del trono? – sonrió burlonamente Inuyasha desde el marco de la puerta. Naraku soltó una exclamación, no era de extrañar que no los encontrara, iba a ejecutar a alguien por esto.

- ¡ah demonios seguro quedaron ahí tirados! ¡Y no me puedo presentar descalzo! – grito sabiendo que la única forma de recuperarlos era ir a la sala del trono.

- ¿y si los fuera a buscar tu hermano? - sugirió inocentemente Inuyasha, Myoga le miro con sorpresa al darse cuenta de lo que estaba planeando.

- ¡ah, magnífica idea! Satoru, ve ahí inmediatamente y trae mis zapatos dorados – le indico a su hermano como si fuera su criado particular.

- pero yo… - murmuro tímidamente Satoru, más Naraku le mando a callar con un gesto.

- como tú futuro rey te lo ordeno, y no permitas que nada te detenga – le sonrió con el mismo carisma que una serpiente venenosa.

Satoru por costumbre se apresuró a cumplir la orden de Naraku, al llegar al pasillo principal que conectaba con la salda donde se llevaría a cabo la ceremonia los soldado a su paso se pusieron firmes y lo saludaron con respeto, pero todos dejaban relucir expresiones sorprendidas. Satoru finalmente llegó a las grandes puertas de madera, pero en cuanto las abrió la fanfarrea real comenzó a sonar y las voces de cientos de personas llegaron a sus oídos, de inmediato cerró las puertas y se puso de espaldas a ellas asustado.

- muchacho ¿Qué haces? ¡Entra! – le ínsito Myoga apresurado.

- no puedo… hay… demasiadas personas dentro… y esperan a Naraku, no a mí – tartamudeo nervioso.

- ¿y qué fue lo que te ha dicho su alteza el primer príncipe? – pregunto el erudito retándole.

- ¿Qué no deje que nada me detenga? – repitió Saturo aun con un nudo en la garganta.

- pues te has quedado ahí parado – fue el turno de Inuyasha de "regañarle" Satoru bajo la cabeza, tenían razón, estaba desobedeciendo la orden de Naraku. Tomo una bocanada de aire y volvió a empujar las grandes puertas.

- ¡el príncipe ha llegado! ¡Que empiece la ceremonia! - Inuyasha salto feliz dentro de la sala sonriente.

Todas las cabezas se giraron para ver al heredero en su marcha de coronación, más las exclamaciones no se dieron a esperar al ver que quien había entrado era Satoru, no Naraku. El segundo príncipe camino lentamente por la alfombra roja hacia el trono de su padre, a su paso la gente murmuraba impresionada pero nadie le detenía de ninguna manera. Al frente de él su padre lo veía sorprendido pero con una sonrisa apenas camuflada por su blanco bigote. Cuando iba a la mitad el coro comenzó con su programa y la música resonó por todo el salón, junto con un chillido sollozante antes de caer en los brazos de su cuñada y la niñera Kaede.

- que déspota tan guapo eres – se decía a su mismo Naraku mientras se miraba al espejo mientras terminada de retocar el resto de su imagen, queriendo lucir perfecto.

- un momento ¿Qué es esa música? – pregunto dando se cuenta del murmullo armónico que resonaba desde su puerta.

- ¡ha comenzado la ceremonia! ¡¿Dónde están mis zapatos?! – grito pálido de la impresión antes de salir corriendo, olvidándose por completo del hecho de estar descalzo.

- yo... no lo entiendo padre… - murmuro Saturo una vez estuvo a dos pasos de la tarima.

- sube aquí y arrodíllate – le ordeno el rey. Mientras el príncipe se inclinaba todos los asistentes se quedaron en silencio, solo el canto del coro y los constantes sollozos dramatizados de Tsubaky llenaban el ambiente.

- de acuerdo con las antiguas leyes que me han sido transmitidas por mis padres y abuelos, yo te nombro a ti, Satoru, Rey de todo Coratzion – hablo con voz firme el rey mientras se quitaba su corona dorada y la posaba sobre la cabeza de su segundo hijo.

- ¡NOOOOOOO! – la voz de Naraku estallo en el lugar.

- ¡Satoru no puede ser el rey! ¡Yo soy el primogénito! ¡EL LEGÍTIMO HEREDERO! – marcho indignado hasta el trono de su padre, Saturo se puso de pie y lo miro con timidez.

- Naraku, lo siento, la verdad yo no… - intento explicar, pero Myoga le interrumpió posándose en su hombro.

- príncipe Naraku, todo se ha hecho según la ley, es coronado el primer príncipe en entrar al salón – aseguro Myoga con una sonrisa de triunfo enorme. Naraku fulmino con la mirada a su hermano menor.

- te mande claramente a que buscaras mis zapatos ¡no para usurpar mi trono! – le grito indignado, Inuyasha en ese momento saco los zapatos dorados de un saco y se los devolvió al príncipe con una cara de satisfacción tal que Naraku sintió deseos de asesinarlo.

- ¡tú! Deja de lloriquear, nos vamos de aquí – ordeno Naraku a Tsubaky que para ese momento había recuperado completamente la compostura y se alejaba erguida y digna de su cuñada y la vieja niñera. Naraku tomo bruscamente a su mujer y comenzó a arrastrarla fuera de la sala.

- Naraku – le llamo Satoru, pero el príncipe ni siquiera se molestó en mirarlo.

- no, Satoru, no te arrastres, recuerda que ahora tu eres el rey – le calmo Myoga. Satoru tomo una respiración profunda, era verdad, ahora era el rey, tenía la autoridad, así que tenía que mostrarse firme ante su hermano.

- Naraku, eres mi hermano mayor y te aprecio. Por eso espero que entiendas que lo que hare hoy es solo para tu bien – comenzó a decir con voz firme y calmada.

- ¡te nombro gobernador del feudo de los porquerizos! – declaro con todo el peso de su autoridad.

- ¡¿PORQUERIZOS?! – chillo Tsubaky horrorizada Tsubaky antes de caer desmayada al suelo.

Aquella noche una tormenta rugió con furia en el palacio, la fuerte lluvia azotaba con la fuerza de mil látigos las ventanas y paredes. Ahí parado en la punta de la torre del mirador el príncipe Naraku gruñía y apretaba los puños con furia y deseos asesinos.

- ¡MALDITOS SEAN TODOS! – injurió en voz quebrada por el odio.

- ¡juro que me vengare! ¡ESTOS ZAPATOS DORADOS NO ABANDONARAN MIS PIES HASTA QUE HAYA RECUPERADO LO QUE ES MIO POR DERECHO! – lanzo su cruel amenaza al viento mientras los truenos resonaban sobre su cabeza.

Continuara…

1 Derecho de sucesión donde el hijo mayor (usualmente un varón) tiene la prioridad en la herencia de sus padres o en este caso en particular a obtener el derecho al trono como el siguiente monarca.

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